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Keep your hat on

Foto: Henri Pahm | Unsplash

El otro día me compré un sombrero. Esto es muy típico del verano, comprarse sombreros. Lo malo es que en el verano madrileño nunca me los puedo poner, porque dan un calor espantoso. Así que como ahora estoy en Brighton, un lugar fresco y marino, es mi oportunidad. Me compré un sombrero de paja perfecto para ir sencilla, pero al tiempo, arreglada. Me compré un sombrero para salir pasear por la playa o para tomar el té como mi hijo mayor, que tiene diez años y adora la tarta de frambuesa.

El otro día, mi hijo mayor y yo nos fuimos a un sitio estupendo, de esta ciudad marítima y decadente que es Brighton y nos tomamos el té. Antes de salir de casa, el hijo pequeño, Richard, me dijo: “keep yor hat on, mum”. Y me lo dejé puesto, por supuesto. Mientras Michael y yo caminábamos por Church Road, nos sentíamos especiales, porque nos sabemos especiales. Somos conscientes de nuestros logros, de nuestra felicidad, de nuestros vínculos invisibles, y los lucíamos por la ciudad, como si fueran agarrados con imperdibles al ala de mi sombrero. En Hixon Green, café/wine bar la mar de cool, pedimos nuestra tarta, nuestro té y el niño me sacó una foto, para compartir mi sombrero y unas risas con mis seguidores de las redes. Después, ocurrió algo inesperado.

Hago inciso. “Mis seguidores”. No me gusta nada decir esto de mis seguidores, la verdad, me suena como a tener un montón de gente detrás que me llevan la cola de un metafórico vestido de novia para casarme conmigo misma. Ahora hay quien se casa consigo misma y no me parece mal, pero lo veo innecesario. Una se casa para entrar en una relación de equipo y ser equipo con uno mismo es lo contrario de ser equipo. En fin, no quiero desviarme mucho del tema, pero tiene su conexión. “Mis seguidores”, decía, y siempre que digo esa frase, pienso en ser humilde y en que yo también soy seguidora, muy seguidora de muchas personas y luego, después de pensarlo, me viene a la mente ese verso de Bob Dylan, “You´ve gotta serve somebody”. Y me digo… la verdad es que tengo pocas servidumbres, me lo he montado bien, me merezco un sombrero, Bob, y si alguien sabe de sombreros, somos nosotros.

La foto fue a Instagram y a Facebook y adonde van las fotos para las que una, también, se pone los sombreros, porque no hay símbolo de la libertad mayor que un sombrero con el ala ancha. Sí, los sombreros te hacen volar y las alas se ensanchan con la edad. Las alas de los sombreros son como los anillos de los árboles. Una empieza con su verdugo, su pasamontañas, su boina de colegial y termina la vida bajo la circunferencia planetaria de una gigantesca pamela de mujer. Todo llegará. Este sombrero no es tan exagerado como uno fucsia que tengo que es la repera.

Mis seguidores, como buenos seguidores que son, me empezaron a poner likes y frases simpáticas y a aplaudir eso que veían y que no sabían que estaban viendo: un momento de felicidad con un niño seguidor de las tartas de frambuesa. You´ve gotta serve somebody y él es siervo de las tartas y cae a los pies de las de Hixon Green, el bar mas molón de Church Road, porque son tartas de ala ancha, como sombreros, como ovnis, como planetas loncheados, como estratosferas de dulce. Pero no todos los seguidores ven lo mismo, felicidad, libertad, un momento con el subtítulo: “así de fácil es ser feliz en vacaciones, sin hacer cola en la Warner, o quemarse los pies en la arena. Así de fácil: cómprese un sombrero”.

Pero luego hay quien desbarra un poquito y ve la imagen literal. Una mujer que tal vez fue atractiva, con algún kilo de más y alguna bolsa en los ojos, que se pone un sombrero como si fuera Marlene Dietrich sin parecerse a Marlene Dietrich. Esa persona literal existe mucho más de lo que sospechamos y debemos decirles con todo el cariño y la comprensión posibles, que se equivocan. Es la gente que te dice: “shhh, no hagas esa broma, que vas a hacer el ridículo”. “Ay, pero ¿vas a salir así vestida?” “Huy, no te sienta bien”. Mi seguidora me dijo, con todo el cariño: “Pues no te sienta bien. Te hace mayor y tú no eres así”.

Yo sé que pretendía ser un piropo, pero el mundo se paró. Los seguidores dejaron que la metafórica cola de mi vestido de no novia se llenase de barro. ¿Yo no soy así? ¿No soy así, como una señora inglesa que se pone sombrero? ¿No fastidies?

Analicemos esta frase en fragmentos y busquemos el significado. La semántica, para mí, es fundamental. Tú no eres así. Te hace mayor. No eres mayor. Tú no eres así. ¿Cómo soy yo? ¿cómo no soy?

Lo primero que pensé fue decir: pero criatura, ¿tú no ves que me he disfrazado un poco, que es justamente la función de cualquier sombrero, para tomar el té british y salir a pasar un rato placer entre tartas y tarugos mal vestidos? ¿Tú no ves que estoy educando a los niños en una suerte de desvergüenza literaria? ¿Tú no ves que solo puedo ser así? Y luego… ¿Parezco mayor? ¿Cómo de mayor parezco? ¿A qué edad deja de ser malo parecer “mayor”? ¿Mayor que qué? ¿No parezco tener 48 años? ¿Parezco de 50? ¿Hay diferencia entre parecer de 45, de 49, de 50, de 51? ¿Quiero parecer más joven? ¿Qué me importa parecer más joven? ¿Parecer de 40? ¿Qué ventajas tiene parecer de 40 hoy día a parecer de 48? ¿Una mujer de 40, qué logros siente haber logrado aparte de competir en edad con una de 48? Recuerdo la frase de mi hijo Richard, con cuatro años, cuando dijo: “mamá, cuando uno es abuelo, ya tiene todos los años que hay que tener”. Me río. Ternura. Esa mujer de 40 ya tiene años, ¿pero tiene esos años en los que ha logrado ya cosas fundamentales para su felicidad o sigue peleando por ellas? ¿Y por qué es malo parecer mayor? ¿Qué desprecio le otorgamos a los años, cuando los años nos lo dan todo?. Todo.

Todo. El tiempo es Dios. Esto lo dijo Richard, mi hijo el rubio achuchable cuando era muy pequeño. Desde entonces, le llamamos “el maestro del tiempo”. Él nos dice la hora, él nos habla de las ventajas de acumular tiempo, porque el tiempo lo forma todo. Sin tiempo, no hay amor profundo, ni belleza, ni recién nacidos, ni vidas llenas. La edad es tiempo que nos ha otorgado, con las horas y los segundos, miles de capas y barnices y máscaras y situaciones a las que recurrir. Nos da la capacidad de reírnos de lo más dramático, la seguridad de haber escogido la profesión adecuada, la felicidad de tener una familia y un hogar hermosos, la tranquilidad de estar donde nos encontramos satisfechos, la seguridad de saber que podremos con lo imprevisible y lo trágico. La edad solo juega en contra cuando no tenemos nada de lo que ansiamos, cuando envidiamos a otro, cuando sentimos que hemos dejado puentes sin cruzar por cobardía, pereza o incapacidad. La edad no es mala. Mi edad me emociona. Es mi tiempo, como me emociona el color oscuro de la caoba antigua, porque al mirarla, estoy mirando los siglos que la han bronceado. La edad te permite ponerte un sombrero sin que te importe lo más mínimo que la gente te mire raro, o que alguien te diga: tú no eres así. La edad te hace desaparecer del juicio de los demás y hay pocas cosas más estupendas que ser mayor.

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