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KEPLER 452-B

Los planetas habitables se cuentan seguramente por millones. Podríamos imaginar el Kepler 452-B como una Tierra con pequeñas variaciones, pero también como un mundo completamente inaceptable, con piedrecitas sulfúricas que atragantarían a los astronautas y selvas dotadas de psico-sensibilidad.

Mientras el verano avanza los astrónomos (esa gente pequeñita y aplicada, de color violeta) van descubriendo planetas como quien remueve unos albaricoques. Uno sospecha hace tiempo que si no descubrimos vida inteligente en el universo no es porque no exista, sino porque dicha vida, al ser inteligente, se esconde de nosotros. No quiere trato con esa barahúnda de homo sapiens pajilleros, esos comedores de langostinos, esos especímenes de realquiler.

Los astrónomos se enamoran también, y tosen, y tropiezan con las cosas. Viven en barrios de las afueras, casándose entre ellos, bebiendo cerveza en la barbacoa del domingo.

Los hijos de los astrónomos, al llegar a la flor de la edad, huyen en furgonetas hippies y mandan postales desde pueblecitos pintorescos, antiquísimos y felices. Pero ese es otro tema.

Los planetas habitables se cuentan seguramente por millones. Podríamos imaginar el Kepler 452-B como una Tierra con pequeñas variaciones, pero también como un mundo completamente inaceptable, con piedrecitas sulfúricas que atragantarían a los astronautas y selvas dotadas de psico-sensibilidad.

Cuesta creer en todas esas cosas. Mallorca es el algarrobo abrasado y el salitre en la corteza del tamarindo, las aceitunas amargas y los licores de hierbas dulces con un poco de hielo. El silencio remansado: en una palabra, la vida inteligente que se esconde.

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