Marcela Sarmiento

Kit personal

Hay lugares en el mundo habitados por personas a las que el destino les tiene viviendo al límite. Donde los recursos del estado no dan abasto en la población. Están inmersos en una historia carente de esperanza.

Opinión

Kit personal

Hay lugares en el mundo habitados por personas a las que el destino les tiene viviendo al límite. Donde los recursos del estado no dan abasto en la población. Están inmersos en una historia carente de esperanza.

Hay lugares en el mundo habitados por personas a las que el destino les tiene viviendo al límite. Donde los recursos del estado no dan abasto en la población. Están inmersos en una historia carente de esperanza. Sufren de días de violencia desmesurada, jornadas consecutivas de hambre y por último y como si fuera poco lo anterior, la indeseable visita de la enfermedad y la muestra fehaciente de querer quedarse y acabar con el que se atraviese.

En Sierra Leona no hay discusión por las fallas en el sistema de reclusión de los enfermos en los hospitales. Simplemente las mínimas medidas requeridas para éstos casos, no pueden darse el lujo de existir. Es un sitio donde los protocolos brillan por su ausencia. Tampoco se ofrecen ruedas de prensa para dar explicaciones o disculpas por las declaraciones que algún ministro o secretario de salud se atreva a pronunciar por salir del paso. Ni hablar de posibles demandas o querellas.

Allá en África las cosas son distintas. Las familias de los afectados, que además llevan el estigma de ser parientes de enfermos de Ébola, se ven en la necesidad de ocultar información e incluso dar sepultura a sus seres queridos a escondidas para evitar ser rechazados. Aparte de ser víctimas de una peste que tiene al mundo en alerta máxima, cuentan con la capacidad de hacer de tripas corazón y posar para ésta foto.

Si no se tratara de la noticia sobre su posible contagio, nadie creería lo que los protagonistas de la imagen están condenados a vivir. En cuanto pongan un pie fuera del improvisado hospital, irán a su casa con su kit de cuidados personal: analgésicos, suero y guantes. No habrá enfermeras. Serán madres, padres, esposas, hijas, hermanas o hermanos los responsables de sus vidas mientras arriesgan la suya propia sin posibilidad de huir.

El sistema sanitario no les proporciona ni un termómetro para controlar las primeras décimas de más. Todo será instinto, amor, caridad, miedo y suerte. Sí, mala suerte de estar en el lugar donde nadie quisiera, viviendo lo que nadie quisiera. No hay más opción que aguantar y aceptar. Mientras tanto en otros lugares que parecen de otro planeta, los uniformes especializados y las medidas de seguridad fracasan. Se cometen errores de procedimiento que también dejan víctimas. Por muy meticuloso que sea el trato con el paciente, la situación no está bajo control en ningún lugar. Así como los de África, los de aquí y los de allá tampoco lo merecen aunque cuentan con que no los despachan para la casa con el mísero kit.

No importa si se trata de Dallas, Madrid o Sierra Leona, la discriminación y la sentencia al aislamiento nos ronda sin compasión y con todo eso nos tocará lidiar. Por ahora sólo queremos que no se cumplan los pronósticos más desalentadores.

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