Aloma Rodríguez

La aburrida narrativa democrática

"Quizá la mayor decepción ha sido que no pasara nada, que todo siguiera una aburrida narrativa democrática. Y que las protestas de la familia Franco sobre que España es una dictadura quedaran en una astracanada que podría habérsele ocurrido a Valle-Inclán"

Opinión

La aburrida narrativa democrática
Foto: J.J. Guilen| Reuters
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

La sentencia del procés estaba bien porque, como escribió Xavier Vidal-Folch, se habían quejado todos –los procesistas por dura, #EspañaIsaFascistEstate, false friend mediante; los autodenominados constitucionalistas, por blanda, 155, estado de excepción y cierre de La Caixa–. Lo mismo se puede decir de la exhumación de Franco, que solo les gustó a quienes la ejecutaron. A un extremo, le pareció un funeral de Estado, al otro, que el gobierno anda por ahí profanando tumbas. Más hacia el centro, que la campaña ha empezado, que no hay que remover el pasado y que hay que pensar en el futuro, conforme vamos hacia la derecha. Corre, Sarah Connor, te persigue el cíborg, cantaban Ojete calor. Todos somos Sarah Connor llegando tarde al futuro.

Para que hubiera sido un funeral de Estado habrían faltado fusiles, pirotecnia y algo un poco más lucido. Más que de Estado fue estatal, administrativo y formal, sí, con Dolores Delgado haciendo de notaria mayor del reino y, suponemos, una incomodidad palpable en el helicóptero con el ataúd mohoso entre la ministra y el nieto. No debieron de hablar ni del tiempo. Y eso que salió bueno. Pero eso es lo de menos, lo que cuenta es decirlo todo con el ceño fruncido: ya se sabe (y desde el sábado más, después de que lo publicara en Financial Times y leyera el titular en Twitter) que lo importante no es lo que se dice sino cómo lo dices.

La salida de los restos del dictador del mausoleo que construyeron represaliados del régimen condenados a trabajos forzados es una buena noticia. Puede que no fuera tan urgente como tener un gobierno, o presupuestos, pero estaba aprobada desde 2017. Ahora hay que empezar a pensar en qué hacer con el Valle. Puede que lo decidamos en 2025 y lo ejecutemos hacia 2040. Entonces, y ya con coches voladores, un sorprendentemente bien conservado Pablo Iglesias (“está igual que de joven, siempre tuvo esa mirada intensa”) se indignará por la decisión que sea: siempre todo mal.
Quizá la mayor decepción ha sido que no pasara nada, que todo siguiera una aburrida narrativa democrática. Y que las protestas de la familia Franco –maldición incluida– sobre que España es una dictadura quedaran en una astracanada que podría habérsele ocurrido a Valle-Inclán. Ya lo dijo Churchill (esto parece que sí), si llaman a la puerta a las seis, se sabe que es el lechero.

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