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La ambigüedad

"En efecto, de la descomposición del 78 puede surgir un nuevo mito o un retroceso de los postulados liberales o ambas cosas a la vez"

Foto: EFE

La ambigüedad rige los tiempos de la nueva política. No es cierto que ya no haya verdades perdurables para los ciudadanos, sólo que las estrategias cambian a medida que unas puertas se cierran y otras se abren. Lo líquido sería la ambigüedad, mientras que lo sólido responde a las creencias: una fe que no admite complejos matices pero sí eufemismos, continua utilización de velos, ocultamiento temporal de unos intereses… Por supuesto, nada es gratuito y mucho menos el pragmatismo que algunos entendemos como un pacto con la realidad y otros como las bridas maquiavélicas de la fortuna. El futuro dirimirá los frutos del engaño, porque el pragmatismo supone siempre –y en primer lugar– una deslealtad hacia los más altos principios de cada uno. De entrada se dirá que es bueno para la democracia, ya que pone de manifiesto la impureza necesaria a la política, su imperfección constitutiva. Pero la realidad no obedece a ideas de laboratorio ni la construyen sujetos estrictamente racionales. Se diría, al contrario, que en política el reverso de las distancias cortas ilumina el largo plazo. Las apariencias a veces engañan, aunque lo que juzgamos sean siempre apariencias.

Pedro Sánchez ha decidido dar por terminado el 78. Y lo ha hecho bajo el paraguas de la transición: ese marco que, a través de la ley, hizo posible saltar de las leyes fundamentales del franquismo a una constitución democrática. Sus apoyos parlamentarios así lo entienden, por mucho que ahora se hable de respeto a la legalidad –a una legalidad que se desea creativa, lógicamente. Sin ceder a los histrionismos habituales en la prensa, inútiles y perniciosos, conviene ceñirnos a lo más evidente: hemos entrado en un terreno desconocido que abre un extraño abismo a nuestros pies; un abismo de matriz girardiana que requiere de la aparición de un chivo expiatorio a quien cargar la culpa. Así se crean todos los mitos. En efecto, de la descomposición del 78 puede surgir un nuevo mito o un retroceso de los postulados liberales o ambas cosas a la vez. Se trata de un desfiladero más inquietante de lo que defiende el oficialismo en el poder, ya que nos conduce a un territorio propicio para la activación de la demagogia sentimental. Cuando se atraviesa la frontera de lo conocido, los extremos adquieren protagonismo. Y, en ese caso, el riesgo de acrecentar una dolorosa fractura política y nacional no haría más que incrementarse.

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