David Mejía

La ansiedad del héroe

«En la antípoda del héroe no habita el fracasado, sino la persona corriente, que sufre, padece y tropieza. Es lo que somos la mayoría: personas incapaces de tirar el último penalti»

Opinión

La ansiedad del héroe
Foto: Dylan Martinez| Reuters
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

El vuelo 1549 de US Airways había despegado del Aeropuerto LaGuardia, NY, pasadas las tres de la tarde. Dos minutos después, durante la maniobra de ascenso, fue interceptado por un bandada de gansos que reventó ambos motores, dejando a la aeronave sin propulsión. El avión perdía altura a gran velocidad; era imposible llegar a un aeropuerto a tiempo. El Comandante Sully pensó en una maniobra de emergencia conocida como ditching, que consiste en aterrizar la nave sobre una masa de agua.

Pasado el Puente de George Washington, Sully descendió sobre el río Hudson pero, en el último momento, comunicó a la torre de control que estaba sufriendo un ataque de ansiedad y abandonó la cabina. Murieron los 155 pasajeros y toda la tripulación, pero Sully se convirtió en un héroe: sufría de ansiedad y tuvo el valor de reconocerlo.

La retirada de Simone Biles ha generado un debate interesante entre quienes consideran que merece empatía y quienes consideran que, además, merece un aplauso y una medalla por su valentía. ¿Quién es el héroe, quien reconoce sus debilidades o quien se sobrepone a ellas? El debate es fascinante y existen buenos argumentos para defender ambas posturas.

El reconocimiento de una enfermedad por parte de una figura pública siempre tiene un efecto social positivo. Han sido muchos los famosos que, confesando que padecían determinadas patologías, desde el cáncer a la adicción, han contribuido a aflojar el estigma que sigue pesando sobre muchos de estos males. Dar la cara para acabar con un tabú que atenaza a millones de personas es sin duda un gesto de nobleza, pero no deja de ser una mala noticia, y por eso veo con suspicacia que haya quien lo utilice para amplificar su argumentario político. Pero incluso reconociendo el gesto de nobleza, ¿podemos decir que es una heroicidad?

El error está en emplear un sistema binario donde solo caben héroes y perdedores. En la antípoda del héroe no habita el fracasado, sino la persona corriente, que sufre, padece y tropieza. Es lo que somos la mayoría: personas incapaces de tirar el último penalti.

No es accesorio que este debate se haya dado en el contexto de unos Juegos Olímpicos, un acontecimiento en que cientos de deportistas buscan convertir en gloria años de sacrificio. Buscan ser mejores, llegar antes, pegar más fuerte, sabiendo que no habrá una segunda oportunidad. Lo sabe el deportista, lo sabe el piloto y lo sabe el neurocirujano que opera a vida o muerte.

Hemos de dar gracias porque nuestra sociedad acepte la debilidad, porque no estigmatice la enfermedad mental, porque se sitúe al lado de quienes sufren y claudican ante la presión que impone la mera supervivencia en un sistema tantas veces asfixiante.

Pero demos gracias, también, por ese puñado de héroes que no sucumben ante la debilidad como nos sucede al resto.

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