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La aporía sexual de la prostitución

Pocos debates como el de la prostitución contradicen más lo que nuestra fría razón liberal nos dice que debe ser (“de la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción”, que escribió Antonio Escohotado) y lo que, en realidad, resulta ser (proxenetismo, miseria y violencia sexual). Sí, sé que hay reportajes que nos hablan de prostitución voluntaria, incluso “feminista”. En definitiva, que se trata en algunos casos de un actividad liberal, de una prestación de un servicio sujeto a la oferta y demanda de sexo, por lo que quienes lo practican se definen como “trabajadores sexuales”.

El problema es la realidad. Los planes quinquenales de colectivización forzosa también funcionaba sobre el papel, pero la realidad fueron la ineficiencia y las hambrunas. En definitiva, el dolor y la humillación en nombre de un ideal noble. Y es lo que creo que ocurre con la bienintencionada idea de legalizar la prostitución. La tolerancia social con la prostitución no deriva en escorts de lujo contratadas por Richard Gere que así pueden pagar sus carreras sin trabajar en un McDonalds; mayoritariamente lo hace en tugurios de calle Montera o en polígonos donde las mujeres no “se prostituyen” sino que “son prostituidas” a ojos de todos. Por no mencionar el panorama de la prostitución en países más pobres. No hay elección racional y libre, sino un último recurso ante la amenaza o la miseria. En definitiva es, muy mayoritariamente, una decisión fruto de la vulnerabilidad, no de la libertad.

Entran aquí en conflicto la libertad de la minoría que dice ejercerla por voluntad, y la protección de los derechos de la inmensa mayoría que la ejerce por coacción, personal o ambiental. Cualquier decisión, por tanto, implica el perjuicio a una de las partes. Sin duda, creo que debe primar el derecho a la protección de las segundas frente a la libertad de las primeras. Además, muchos análisis parten de un equívoco: el de presuponer que el putero tipo se convertirá al refinamiento moral en sus comportamientos hacia las mujeres porque su actividad sea bendecida por un Parlamento. Más bien al contrario, al sentirse legitimado en su posición.

Con la bendición legal puede desaparecer el proxeneta (que morirá antes por las app y las tecnologías que por las leyes), pero no el hecho inmoral que supone utilizar la vulnerabilidad de una persona para satisfacer los instintos. Desde la Ilustración, el ideal nos habla de la persona como fin, nunca como medio. Tampoco desaparecerá la sordidez del medio en la que se ejerce, pues es la miseria la que mayoritariamente mueve a la prostitución, y muchos puteros buscan, precisamente, ambientes escondidos y precios de saldo. La desproporción entre quienes dicen ejercerla de forma libre y quienes lo hacen obligadas es tan grande, que desembolsar por sexo y creer que se paga por un servicio como a un fontanero libre, es puro autoengaño, exculpación moral. El problema es que el instinto existe, y el desacople entre la oferta y la demanda sexual supone realmente un problema. Por eso hablo de aporía.

Si me posiciono contra la legalización no es porque espere que se acabe de esta forma con ella. La realidad muestra que no será así. Sin embargo, creo que la bendición legal, normalizar el hecho, legitimaría socialmente aún más una práctica que, aunque sepamos que se ejerce, está en el catálogo de actividades de las que el ser humano se avergüenza o debería avergonzarse. Hay cloacas del Estado y hay cloacas humanas, y negar ambas forma parte de su existencia. Lacan, desde el psicoanálisis, dijo que sólo hay que sentirse culpable por retroceder ante el deseo, no de sentirlo y satisfacerlo. Pero yo concuerdo más con otro psicoanalista. Dice Massimo Recalcati en Sobre el perdón en el amor, y refiriéndose al sexo, que “el deseo insaciable sólo genera esclavitud”, porque “la naturaleza del impulso instintivo que lo recorre es insaciable”.

Por otro lado, cabía esperar que, en nuestras sociedades liberales y abiertas, la aceptación social del sexo consentido entre personas adultas hubiera hecho disminuir la prostitución. Y sin embargo, no ha sido así: no sólo aumenta la prostitución sino que, los que se inician en ella, lo hacen cada vez más jóvenes. Creo que la aceptación social lo propicia, y que una aquiescencia legal sólo agravaría el problema.

Normalizar la prostitución (más allá de la regulación terapéutica, que sí defiendo) es renunciar, de alguna forma, al sueño de la razón. Aunque sepamos que es una batalla que nunca ganaremos, creo que hay que seguir resistiendo. Para empezar, distribuyendo riqueza y oportunidades, apoyando a las personas en situación de vulnerabilidad para que nadie (mujeres en su inmensísima mayoría) se vea impelido a usar su cuerpo como última línea de defensa ante la miseria o para conseguir sus anhelos. Si la civilización ha consistido en domar los instintos y en aumentar la empatía hacia el otro, detrás de cada putero que no se avergüenza de lo que va a hacer hay un fracaso colectivo.

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