Beatriz Manjón

La aritmética de la compasión

"Estaría bien no seguir demorando la de honrar a los muertos: con duelo, con silencio, con sus nombres y apellidos. El luto no salva vidas, pero salva el recuerdo. Y a veces sólo se vive de memoria"

Opinión

La aritmética de la compasión
Foto: QUIQUE GARCIA
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

La forma más común de perder el tiempo es pensar en el tiempo perdido, en los abrazos vacíos, en las aventuras no emprendidas. La nostalgia también necesitaría su cuarentena, en especial la añoranza de lo que no ha ocurrido. Nunca como estos días se ha echado tanto de menos la ópera a la que no se iba o las librerías que no se visitaban. Amarrados por alegrías liliputienses (el pan con mantequilla, un bizcocho, la tentación de la postreridad), somos una especie de Gulliver que se rebela contra el gigante del tiempo.

Hay una escena de ‘Mozart in the jungle’ en la que el protagonista, un director de orquesta, le regala una lavadora a su abuela. “Para que ahorres tiempo”, le dice. “¿Y qué hago yo con el tiempo que me sobre?”. Media vida acumulando inventos para economizar minutos y ahora nos sobran artilugios y horas que sentimos desaprovechadas, como tiradas por el balcón. Los únicos que no pueden perder el tiempo, “porque ya lo han perdido / para siempre, son los muertos”, sentenció Bergamín. 21.717 fallecidos oficiales cuando escribo estas líneas. La estadística deslumbra y obliga a desviar la mirada. Por eso hay que quitarles el dorsal, “honrar los nombres de todos”, como reclama Enrique García-Máiquez.

L’Eco di Bergamo llegó a imprimir diez páginas de obituarios; The Boston Globe, quince el domingo. El Mundo publicó el martes un suplemento especial en memoria de las víctimas. Así debe ser. Porque los grandes números, y más si no están claros, provocan dioptrías de indolencia. En el poema ‘Don Cógito lee el periódico’, Zbigniew Herbert compara el interés que suscita en el lector un crimen espectacular con su indiferencia ante el centenar de muertos caídos en una guerra eternizada: “No estimulan la imaginación, / son demasiados, / la cifra cero al final / los transforma en abstracción. / Un tema para meditar: la aritmética de la compasión”. Existe también una geopolítica de la compasión: cuanto más alejadas las víctimas, menos empatía. De no habernos importado un pangolín las muertes de Wuhan, quizá hoy la tragedia fuera menor.

En esta época de compasión selectiva —esto es, hecha con pasión—, recuerdo el aguijón de la condesa viuda de Downton Abbey: “Una falta de compasión puede ser tan vulgar como un exceso de lágrimas”. Aunque las muestras de respeto se van extendiendo, vivimos días vulgares en los que todo nuestro afán es no ser engullidos por la curva carnívora, mientras tratamos de demostrar lo heroico que es conformarse, el fin de semana, con el subidón de la levadura. Tal vez sea hora de ir callando por los que ya no pueden hablar, tras más de un mes anteponiendo el ruido, que es la prisa del sonido y combina con nuestra premura por salir. Pero la “desescalada” —desencallada, si sigo comiendo— será un viaje al despacio. Que Dios nos guarde como cerveza; o como papel higiénico.

Aplazadas todas las tradiciones, hasta la de perder en Eurovisión, estaría bien no seguir demorando la de honrar a los muertos: con duelo, con silencio, con sus nombres y apellidos. El luto no salva vidas, pero salva el recuerdo. Y a veces sólo se vive de memoria.

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