Teresa Viejo

La artista sí tiene quien la escriba

Puede que para una parte de vosotros <em>La Terremoto </em>sea una señora de Alcorcón que mezcla arte y sentido del humor en sus canciones, pero antes de ella hubo otra. Una mujer de rompe y rasga, pelo azabache y voz rota, moderna donde las haya, que revolucionó España cantando un estribillo ininteligible asimilado después a la lengua coloquial: “Achilipú”.

Opinión

La artista sí tiene quien la escriba
Teresa Viejo

Teresa Viejo

Periodista. Escritora. &quot;Mientras llueva&quot; mi última novela. Directora de &quot;La Observadora&quot; RNE. Embajadora de UNICEF.

Puede que para una parte de vosotros La Terremoto sea una señora de Alcorcón que mezcla arte y sentido del humor en sus canciones, pero antes de ella hubo otra. Una mujer de rompe y rasga, pelo azabache y voz rota, moderna donde las haya, que revolucionó España cantando un estribillo ininteligible asimilado después a la lengua coloquial: “Achilipú”.

Ella acaba de irse, aunque la artista lo hiciera tras la muerte de su marido. Desde entonces vivía acolchada por los arrumacos de una hija llamada a ser la madre de su madre, algo que nos sucede cuando los padres empiezan a apagarse. Un día Dolores Vargas decidió no volver a subirse a un escenario y ahí empezó el olvido… o quizá antes, porque el nuestro es un país de una desmemoria sangrante hacia cualquier arte.

La Terremoto nació en una rumbosa familia de Barcelona con el alma revolucionada dos meses después del estallido de la guerra. Su hermano fue bautizado como el Príncipe Gitano y ella, en lugar de proclamarse princesa, terminó bailando descalza y desmelenada por los platós de Prado del Rey bajo las órdenes de Valerio Lazarov, la vanguardia audiovisual de entonces.

Mis conocimientos musicales arrancan en la movida madrileña y, por tanto, los éxitos de La Terremoto quedaban lejanos, pero el trabajo periodístico te acerca a contenidos dispares y hubo una época en que me tocó recuperar la memoria de algunos de nuestros artistas. Entonces lo estimé un trabajo viejuno pero cuánto lo agradezco ahora. Cada época posee un lenguaje estético y una iconografía nada desdeñables, cada momento aporta unos ídolos tan respetables como los del siguiente. Por tanto cualquier juicio al pasado empleando el cedazo del presente implica, además de un error, un agravio.

Mi respeto a la artista que rompió moldes. A otro icono de una generación obcecada también por distanciarse de la anterior.

 

 

 

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