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La atomización social

La Historia nos sorprende con giros inesperados. Después del 45, la posguerra europea se construyó sobre el anhelo de una sociedad sin grandes diferencias de clase. El pacto entre la democracia cristiana y los socialdemócratas se sustanció en lo que hoy conocemos como Estado del Bienestar. Fue un medio siglo dorado para Europa: la demografía y la paz jugaban a favor del crecimiento económico que, a su vez, revertía en mejores salarios para los trabajadores y en una generosa red de protección social: sanidad y educación públicas, seguro de desempleo, trabajo estable, pensiones ventajosas, vacaciones pagadas, semanas laborales de 40 horas, etc. Así fue apareciendo una poderosa clase media llamada a cambiar la fisonomía del consumo y de la cultura europea. En los Estados Unidos, el proceso no fue exactamente igual –en parte por su mayor desconfianza hacia lo público–, pero en el fondo tampoco fue tan distinto. Durante los años 60, el presidente Johnson declaró la “Guerra contra la pobreza” e, incluso en los 80, el conservador Ronald Reagan no hizo mucho por disminuir el déficit presupuestario. Con el paso de los años, sin embargo, el sueño de una clase media universal se ha ido erosionando. En nuestro siglo, la pobreza ha regresado como un factor político clave.

Los motivos, por supuesto, son muchos y no sólo achacables a los gobiernos: una demografía adversa y los efectos de la globalización, el exceso de endeudamiento y el desarrollo de la tecnología. Pero sean cuales sean las causas, se da una problemática común. Un reciente estudio del Health Inequality Project ha analizado los datos fiscales de un millón y medio de estadounidenses, y los ha relacionado con su esperanza de vida. La conclusión es que los ricos viven de media unos 15 años más que los pobres. Esta brecha se acrecienta lustro a lustro.

La atomización social tiene consecuencias que van mucho más allá de la esperanza de vida. La precariedad laboral y el paro de larga duración elevan los niveles de estrés personal, afectando a todo el entorno familiar. Las mejores oportunidades –y los buenos sueldos– se concentran progresivamente en barrios y ciudades determinadas, favoreciendo a la clase media alta y a los sectores más dinámicos de la sociedad. El colapso de la calidad educativa también tiene que ver en gran medida con esta creciente disparidad social, como ha subrayado Robert D. Putnam en su canónico estudio Our Kids.

Aristóteles ya había observado que el abismo entre ricos y pobres corroe la convivencia y la confianza en los gobiernos. Recientemente, el historiador israelí Yuval Noah Harari alertaba, en una entrevista con el premio nobel de Economía Daniel Kahneman, de los efectos indeseables de la robotización, pronosticando que el elevado paro estructural será uno de los signos del siglo XXI. Paro y pobreza van de la mano. Y juntos constituyen dos de los demonios de nuestra época.

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