Julia Escobar

La batalla cultural

«Al Estado le toca regular, crear el marco jurídico e institucional al que hay que plegarse y de ahí que sea un mal necesario»

Opinión

La batalla cultural
Foto: European People's Party| Flickr

La cultura es enemiga de la política, dijo Rajoy en un discurso preelectoral en 2004 —y fue derrotado—. Se equivocó en el orden de las palabras, porque en realidad, es la política la que es enemiga de la cultura: con ella gana, pero la machaca. En dicho discurso, el candidato del PP dijo dos cosas que me parecieron interesantes. La primera, que política y cultura son términos opuestos y la segunda, que, para la cultura, el Estado es un mal necesario. Es curioso que ambas afirmaciones las hiciera fuera de discurso. Tal vez por eso dieron tan poco que hablar. Afortunadamente, mi alma de archivera me hace tener mi propia hemeroteca, que resucito de vez en cuando, y, ahora que estamos en pleno de lo que se ha dado en llamar «la batalla cultural», me parece que vienen al pelo.

Volviendo al discurso, ninguna de las dos afirmaciones me parece una boutade, sino que, con ellas, él resumía lo que estuvo exponiendo durante tantos minutos con menos contundencia y valor. Con la primera se refería al dirigismo cultural de los regímenes totalitarios. No los calificó exactamente así, pero para mí quedó claro. Una política de privilegios y, por tanto, de exclusiones, con las que ni se hace cultura, ni se hace nada sino generar clientelas políticas y pueblo supuestamente agradecido: la impunidad del rebaño.

En el caso de España, durante el franquismo, esas mañas procedían, en parte, del dirigismo cultural del Estado en materia de censura, control de los medios, etc., que, en democracia, se convirtieron en una política de subvenciones directas e indirectas, muy del gusto de la izquierda. Esas cosas no sólo no paralizan las mentes, sino que estimulan la picaresca y el camelo, y lo que sí paralizan es la iniciativa privada, que es la que debería tomar cartas en este asunto. Al Estado le toca regular, crear el marco jurídico e institucional al que hay que plegarse y de ahí que sea un mal necesario. Una política cultural eficaz no puede ser una política ambiciosa y a quienes hay que promocionar no es a los individuos, escritores y creadores, sino a las industrias que acogen y producen sus actividades.

Al explicar este extremo, es curioso que Rajoy pusiera el ejemplo de la industria editorial. Al Estado, dijo, no le toca editar libros (que lo hacen y también los gobiernos autonómicos) sino fomentar la lectura, incrementar la red de bibliotecas públicas y «establecer el marco propicio para que la industria editorial se desenvuelva con vigor».

Lo que está por ver —esto lo digo yo— es si dicha industria es capaz de crear por sí sola, y sin dineros del Estado, una colección de obras completas y de clásicos españoles y universales como las hay en todos los países civilizados y que, durante el franquismo, parecía ser uno de los propósitos de la extinta Editora nacional, que suprimió Jaime Salinas cuando fue Director General del Libro para supuestamente «favorecer» a las editoriales privadas que, tres décadas después, ya vemos lo que han hecho al respecto…

Y no es porque algunas no lo hayan intentado en el pasado, como Rivadeneyra, Manuel Aguilar, Lázaro Galdiano, Ignacio Bauer y otros. Pero en los cónclaves sectoriales en pos de nuevas fronteras se hablarán de cifras de producción, de sinergias, de estrategias de mercado y se dirán cosas contradictorias y escalofriantes que abren cada vez más el abismo entre el creador, lo creado y su principal destinatario: el lector, a quien no veremos nunca citado.

Algunos preconizan que para resolver la crisis tiene que haber «voluntad política y propuestas imaginativas que ayuden al desarrollo de la pluralidad, desde la oferta editorial hasta los espacios de ventas, con medidas destinadas a desanimar las políticas de concentración», cosa que se ha conseguido para desesperación de los libreros.

Otros entienden que el problema de las grandes tiradas de un único bombazo (que suele ser un libro abominable) no se compensa con la multiplicación de títulos supuestamente exquisitos, pero con menos tirada. Esto sólo supone multiplicar las devoluciones y abortar cualquier descubrimiento literario importante, pues ni lectores ni críticos ni libreros pueden seguir ese ritmo trepidante. Seguro que algunos grupos editoriales consiguen ganar dinero a espuertas, pero será en detrimento de la literatura. Garantía, rentabilidad, apuesta, son términos contrarios a ella. Cualquier editor que se precie de valorar la escritura y la lectura debería repetirlas hasta vaciarlas de sentido, como esas palabras que, por juego, repiten los niños obsesivamente. Véase el caso insólito de Manuel Aguilar, el hombre que se hizo a sí mismo, y lo que dice en sus memorias (Una experiencia editorial):

«Creía, y sigo creyendo, que el éxito de un editor depende de que proyecte exclusivamente hacer un negocio a costa del libro o de que la dignificación de este le asegure el éxito de la empresa».

«Yo prefiero un libro del que venda quinientos ejemplares anuales, pero durante diez años, a vender cinco mil ejemplares en un mes. Estos éxitos son efímeros y no dan vida y permanencia a un catálogo editorial».

«Hay a quien no importa que su obra le sobreviva. Yo aspiro a dejarla con vitalidad para muchas generaciones: es hija de mi cariño y de mi esfuerzo. Sirve a la cultura y al arte como a los humanos de nuestra lengua y es una contribución a mi patria».

¡Si el pobre levantara la cabeza!

El reiterado ninguneo que sufre el lector en todos los frentes —editoriales, librerías, prensa, radio, televisión— justificaría ampliamente su rebelión, una especie de huelga en la que se exigiera a los críticos y a los editores menos inteligencia (léase brillo, seducción y estrategia de mercado, que es a lo que se refiere Proust al hablar del señor Sainte-Beuve, verdadero precursor de la crítica periodística moderna) y más literatura, porque, como dice don Marcelo: «Cada día me doy más cuenta de que sólo fuera de ella (de la inteligencia) puede rescatar el escritor algo de nuestras impresiones pasadas, es decir, alcanzar algo de sí mismo y la única sustancia del arte».

Y esa sustancia que arranca del creador es lo único que realmente encuentra eco en el lector. «Los mejores libros son los que nos hablan de lo que ya sabemos», decía Marthe Robert, el polo opuesto a Sainte-Beuve. Y lo dicen con sus obras los escritores menos inteligentes y sin embargo más sabios, que sólo se amparan en sus obras y de sus lectores y no de los editores y los brillantes críticos literarios, los cuales, enfrentados al puro texto, sin mayores referencias (como las que tienen que dar las criadas a las señoras), no sabrían en realidad a qué atenerse.

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