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La belleza de la catástrofe

Pulsa el botón cuando hay que pulsarlo, por instinto, por desconocimiento, por azar o por certeza, pero lo pulsa. Después, cuando escapa del temblor, el fuego, la furia del mar o la rabia del viento, mira a la pantalla y ahí está: la belleza de la catástrofe.

Un iglesia brilla en la oscuridad. Las llamas la encienden y hacen que resplandezca en la noche oscura. Los bancos de madera se van consumiendo poco a poco, al ritmo de una melodía de pocos instrumentos, de un simple crepitar. Los tonos rojizos, azulados y verdosos de las vidrieras alcanzan su máximo esplendor con el fuego, cuya luz es mucho más potente que la del amanecer.

Las chispas saltan veloces y rodean la construcción dándole un halo contradictorio de eternidad, creando una imagen maravillosa, inmortal, a pesar de ocultar un final inmediato. La belleza de la catástrofe es, en ocasiones, inigualable. Muchos directores querrían construir algo así, muchos escritores desearían imaginar unas llamas como éstas, más de un pintor desearía trazar el incendio de esta iglesia en su lienzo.

Quizá la preciosidad de estos momentos inmortales, pero que transportan la muerte, sean el único tesoro escondido dentro de estas desgracias. Además, hay que tener suerte para encontrarlo, estar en el lugar preciso y en el momento adecuado.

La belleza de la catástrofe juega a la ruleta y aparece en el más profundo de los horrores, cuando las prioridades son otras, cuando las vidas se pierden, y la naturaleza acaba con todo. A veces, como ocurre en el casino, un tipo que pasa por ahí se la juega y acierta. Pulsa el botón cuando hay que pulsarlo, por instinto, por desconocimiento, por azar o por certeza, pero lo pulsa. Después, cuando escapa del temblor, el fuego, la furia del mar o la rabia del viento, mira a la pantalla y ahí está: la belleza de la catástrofe.

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