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La belleza del mundo

Por cuadrar una idea de la felicidad, Cicerón le añade libros, pero tal vez ya basten la noche suave, el sol como un esplendor sobre la hierba.

Los hombres hemos inventado las noches de París, las vistas supremas de Florencia, la vida de hotel e incluso esos bufés libres “come todo lo que puedas”, pero aún nos empeñamos en imaginar el paraíso a modo de un jardín. Es algo que está ahí, en la memoria de la raza, en el lugar de los anhelos sin nombre, como el deletreo de un edén perdido o un anticipo del cielo presentido. Por cuadrar una idea de la felicidad, Cicerón le añade libros, pero tal vez ya basten la noche suave, el sol como un esplendor sobre la hierba.

Amores, cosmogonías, tristezas exquisitas: cabrá todo en el jardín, sea en los puntos de fuga de Versalles, un susurro andalusí entre los mirtos o el “divino desarreglo campesino” de los huertos de la Jekyll cuando es hora del té. En cualquiera está ese equilibrio de sensualidad y espíritu donde ciframos la alegría. Emerson ve el impulso primero del jardín, sin embargo, en un deseo de soledad, paredaño con la intimidad contemplativa. Ahí estarán los jardines para acoger a tantas almas con frío: quizá nunca sepamos si la belleza del mundo está hecha para consolar o para herir, pero participar en ella nos hace un punto menos ajenos, menos prescindibles. Así ocurre en los jardines. Se dobla una rama, vuela un pájaro. Hacemos las cuentas de la vida: no haber tenido nada y perderlo todo. Pero militar aún en la belleza como el amor que no podrán arrebatarnos.

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