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La biblioteca de mi padre

"En el salón está el libro con el que me siento más identificada, Cinco minutos de paz. La historia de una elefante madre de tres hijos que no le dejan ni desayunar tranquila ni mucho menos leer el periódico"

Foto: Jonathan Borba | Unsplash

Llevo un par de semanas atrincherada en la casa de mis padres, una casa en el campo con huerto y piscina y llena de libros. La biblioteca de mi padre lo tiene todo. No es una biblioteca en el sentido espacial, lo fue, pero ha crecido y ha sobrepasado todos los límites: se extiende y coloniza habitaciones, pasillos, bodega, escaleras… El único territorio sin conquistar es la cocina. Pero en realidad, los colonos somos nosotros: como si fueran los libros los que nos dejan convivir con ellos.

Mi padre ha trasladado ahora su estudio a la entrada, ahí, sobre la mesa me reciben algunos libros que saldrán este otoño, una novela juvenil de David Trueba, y otros que acaban de salir, como el libro de cuentos de Julio Ramón Ribeyro.

De camino al baño mis ojos se paran en un ejemplar de Blonde, de Joyce Carol Oates, no puedo evitar acordarme de lo que dijo Christopher Hitchens de ella, eso de las tres palabras que más detesto del inglés son Joyce, Carol y Oates. Al lado está El club de los mentirosos, las memorias de Mary Karr, que empezó a leer mi madre hace un par de veranos, y un poco más cerca del salón descubro El oasis, de Mary McCarthy. Me da un poco de pereza lo de “novela utópica”, pero aparto el libro. Hacia el otro lado hay libros más clásicos: poesía de Juan Ramón Jiménez, un libro sobre Goya, libros de fotografía… En la habitación del fondo, las memorias de Felicidad Blanc (apartado también).

En el salón está el libro con el que me siento más identificada, Cinco minutos de paz. La historia de una elefante madre de tres hijos que no le dejan ni desayunar tranquila ni mucho menos leer el periódico. Acuesto al niño en la cama de mis padres y aprovecho para colarme en la mesilla de noche de mi padre (me acuerdo de la canción “Insomne”, de Rafael Berrio) y pienso que me estoy colando un poco en su alma. El colgajo, de Philippe Lançon: lo abro y leo dos páginas. Me gusta.

Uso esos encuentros como lazos con los que atrapar a mi padre y sacarlo del estrés y de su mundo y conversar con él como si no fuera mi padre ni yo su hija: ¿qué es lo que más te ha gustado de Ribeyro? (los diarios), estoy leyendo la nueva de Joyce Carol Oates (debo de ser el único al que no le cae antipática), ¡tienes que leer Noches insomnes, te va a encantar (estoy casi seguro de haber tenido ese libro en las manos). Puede que él trate de hacer lo mismo conmigo: ¿te está gustando Lançon? (no me han dejado pasar de la página dos), ¿qué libro tan bonito es ese que estás leyendo? (no te lo voy a dejar, es superdeprimente y tiene razón en todo), igual este libro te podría interesar (…).

Esta vez ni siquiera he pisado la biblioteca, la biblioteca de verdad, donde sí está todo, desde todos los clásicos (del Cid a Philip Roth) a lo último, además de la colección Circe y las novelas de Jane Austen, pero también el libro más absurdo, en edición numerada, que conmemora un acto y tiene cuatro poemas. El universo entero está ahí. Y también los libros que lo explican.

Borges decía que en realidad no había salido de la biblioteca de su padre. Yo ni siquiera he terminado de franquear el umbral.

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