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La bondad que sostiene el mundo

Foto: Centre de Cultura Contemporània de Barcelona | Wikimedia Commons

El último ensayo de Josep Maria Esquirol publicado por Acantilado y titulado La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana es un libro bueno y es un libro bello. Naturalmente, no siempre coinciden ambas virtudes. Por eso este libro es, ante todo, una pequeña celebración. Un relámpago. Un destello.

La nueva obra de Esquirol es humanista y es filosófica, contiene expresiones que son aforismos y enunciados que esconden versos: «El mundo no es una caverna, aunque haya cavernas oscuras en el mundo». La lectura de este ensayo supone un acto de resistencia íntima y constituye, como decía Antonio Muñoz Molina en la presentación del libro en el Espacio Fundación Telefónica, «la subversión de lo sereno».

Justo en estos momentos en los que se lleva el sarcasmo, el cinismo y el derribo, La penúltima bondad nos dice algo claro y sencillo: «(…) el mal es muy profundo, pero la bondad todavía lo es más». El ensayo de Esquirol tiene tres verbos sobre los que se sujeta la profundidad de su tesis, sobre los que –en verdad- todos los seres humanos nos sujetamos: vivir, pensar y amar. El profesor de filosofía de la Universidad de Barcelona afirma algo que ya sabemos y que, sin embargo, en tiempos de populismo y ultraderecha, de nacionalismos, muros y fronteras, olvidamos con demasiada frecuencia; que en la intemperie nadie se sostiene solo y que, afortunadamente, dependemos de los demás.

El de Esquirol es un libro que, en última instancia, ayuda a sobrellevar un presente que no es ningún regalo, sino más bien un presente degenerado. Resistir tiene sentido. «Si ha habido resistencias tan valiosas, no creo que tengamos derecho a la queja», sentenció entre risas Muñoz Molina en aquel diálogo. «La resistencia íntima es, al mismo tiempo, amparo y esperanza de generación», escribe Esquirol. Y esa generación no es otra cosa que generosidad y bondad.

Por último, este ensayo valiente habla de una distancia muy concreta: medio palmo. El autor asegura que el desplazamiento decisivo del ser humano –en el ámbito personal, político y religioso- se produce a medio palmo («Nuestro horizonte personal y político lo tenemos a medio palmo»). En este sentido, existen ideas a medio palmo (autoridad y autoritarismo o mercado y mercantilismo) que pueden ser completamente antagónicas. Lo hemos visto en las últimas semanas con ese manoseo inútil y perverso de los adjetivos que se le han colocado a la palabra «violencia»: machista, de género, intrafamiliar, doméstica. Adjetivos a medio palmo, podríamos decir. De aquí nace la extrema necesidad de atender al mundo, es decir, de prestar atención y discernir, hablar con claridad, hacer real esta propuesta de Esquirol: las verdades más graves sólo pueden decirse en el lenguaje común. Leer La penúltima bondad es, créanme, el primer acto de esa resistencia íntima, de esa subversión serena.

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