Aurora Nacarino-Brabo

La buena costumbre de pensar

En <em>Eichmann en Jerusalén</em>, Hannah Arendt explicaba la banalidad del mal como un estadio que se alcanza cuando se ha perdido la costumbre de pensar. Pensar, en este caso, no tiene nada que ver con realizar cálculos matemáticos o idear ficciones sofisticadas. Arendt entiende el pensamiento como una forma de diálogo interior que los individuos mantienen con su conciencia. Cuando esta conversación se suspende, las personas se vuelven vulnerables, su core de valores se debilita y los demagogos hacen su agosto en la oquedad de las cabezas.

Opinión

La buena costumbre de pensar
Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo

Politóloga y periodista, aunque, en realidad, sólo sé de fútbol

En Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt explicaba la banalidad del mal como un estadio que se alcanza cuando se ha perdido la costumbre de pensar. Pensar, en este caso, no tiene nada que ver con realizar cálculos matemáticos o idear ficciones sofisticadas. Arendt entiende el pensamiento como una forma de diálogo interior que los individuos mantienen con su conciencia. Cuando esta conversación se suspende, las personas se vuelven vulnerables, su core de valores se debilita y los demagogos hacen su agosto en la oquedad de las cabezas.

Algo parecido explicaba Sigmund Freud cuando hablaba del “yo ideal”. Se trata una imagen que el individuo construye para sí mismo, es una proyección de la persona que le gustaría ser y con la que espera converger en el futuro. Proyectar un yo ideal implica pensar, discutir con uno mismo sobre lo que es bueno y lo que está mal, sobre lo que es deseable y lo que merece rechazo. Pero algunas personas fracasan en la construcción de su yo ideal y, ese fracaso genera una frustración. Freud señala que algunos individuos deciden entonces sustituir su yo ideal por un ideal colectivo que encabeza un líder.

Ambas tesis tienen que ver con el principio de autonomía moral que Immanuel Kant había anunciado mucho antes, proclamando sus dos únicas certezas: “El cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”.

Y mucho después, sería un profesor español quien recogería todas estas ideas y elaboraría un denso tratado de teología y filosofía. Le bastaron cuatro versos: “Converso con el hombre que siempre va conmigo/ -quien habla solo espera hablar a Dios un día-;/ mi soliloquio es plática con ese buen amigo/ que me enseñó el secreto de la filantropía”.

De él me permito colegir que pensar es, en el buen sentido de la palabra, bueno.

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