THE OBJECTIVE
Cristian Campos

La burricie binaria

Yo soy de los que se creyó la película Juegos de guerra en 1983. Ahí estaba el futuro en forma de adolescente genialoide que logra infiltrarse, gracias a una mezcla de talento, iniciativa y suerte, en el sistema informático del Departamento de Defensa de los EE. UU. y evitar el estallido de la III Guerra Mundial enseñándole a la supercomputadora que controla el arsenal nuclear estadounidense el concepto de “futilidad”.

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La burricie binaria

Yo soy de los que se creyó la película Juegos de guerra en 1983. Ahí estaba el futuro en forma de adolescente genialoide que logra infiltrarse, gracias a una mezcla de talento, iniciativa y suerte, en el sistema informático del Departamento de Defensa de los EE. UU. y evitar el estallido de la III Guerra Mundial enseñándole a la supercomputadora que controla el arsenal nuclear estadounidense el concepto de “futilidad”.

Mientras yo descubría el individualismo gracias a Hollywood, en España un grupo de yonquis le daba los últimos toques sórdidos a La bola de cristal, esa apología del feísmo españanegrista con coartada transgresora de pitiminí que torturó la infancia de cientos de miles de niños españoles. Así hemos salido. Bueno, “han” salido. Que yo, como ya he dicho, andaba con Juegos de guerra.

El caso es que el futuro, que en 1983 era 2016, se parece más a la fealdad tenebrosa y comunitarista de La bruja avería que a la optimista frescura de Juegos de guerra. El ataque informático que la semana pasada logró inutilizar varias webs estadounidenses no fue obra de un adolescente genialoide sino el fruto del pirateo de millones de cachivaches y electrodomésticos sin chiste alguno (neveras, impresoras, cámaras de tráfico) colapsando los servidores de una pequeña empresa de Manchester, New Hampshire. Ahí no había la más mínima inteligencia sino monda y lironda capacidad de saturación.

Algo parecido sucedió la primera vez que un programa informático realizó una jugada de ajedrez que algunos analistas consideraron como imposible de llevar a cabo sin eso que los humanos llamamos “creatividad”. En realidad, la capacidad de computación, que no es más que pura fuerza bruta, se parece al concepto romántico de la creatividad tanto como un huevo a una castaña.

Las tecnologías de la información nos prometieron un hombre nuevo y el definitivo triunfo de la razón individual sobre los instintos trogloditas de la tribu y lo que nos han dado es más de lo mismo: el big data, la inteligencia colectiva, el internet de las cosas y la viralidad. Es decir el mogollón, la masa, la uniformidad y el cachiporrazo y tentetieso en busca del mínimo común denominador de la idiotez. Hemos sustituido la vieja burricie analógica por la nueva burricie binaria y a eso le hemos llamado “el futuro”. Pues muy bien, oigan: los tontos de la baticola andan que no se creen tanta suerte.

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