Carlos Mayoral

La campaña más inculta

Me gustaría volver a recordar que el país que estos señores aspiran a gobernar es potencia en muy pocos ámbitos, pero si lo es en alguno es en el ámbito cultural

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La campaña más inculta
Foto: JUAN MEDINA| Reuters
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Anduve dudando estos días sobre si resultaba conveniente o no iniciar esta columna con el artículo 44 de la Constitución, ése que reza así: «Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho»; pero me veía incapaz de hacerlo sin acompañarlo de una carcajada, es una pena que las onomatopeyas y los emoticonos estén mal vistos en el mundo del columnismo. No obstante, al final terminé pensando: venga, si los cuatro candidatos se ciscaron en el susodicho artículo durante los distintos debates, ¿qué importará ya que lo utilice yo para ilustrar este espacio que ahora el lector recorre? Así que ahí lo tienen, en primera plana.

Y lo tienen en primera plana porque es evidente que la cultura ya no mueve los resortes política; y no los mueve porque tampoco hace lo propio con otros dos satélites anejos a ella: ni reparte dinero, ni ofrece votos. Así que, ante semejante contexto, me gustaría volver a recordar que el país que estos señores aspiran a gobernar es potencia en muy pocos ámbitos, pero si lo es en alguno es en el ámbito cultural. Seguimos contando con una pléyade de escritores, pintores, escultores, cineastas, arquitectos y creadores de todo pelaje difícil de igualar. Seguimos contando con una lengua que sólo es superada en número de hablantes nativos por el chino, y con tres lenguas más que aportan riqueza al acervo nacional. Seguimos atrayendo al extranjero por la extraordinaria oferta de museos, galerías y colecciones que aquí se presenta. Por no hablar de los distintos rastros de cultura romana, árabe, medieval, renacentista y tantas otras culturas históricas que salpican nuestra geografía. Un lujo al alcance de muy pocas (perdonen que repita el término una vez más) culturas.

Sin embargo, y a pesar del empeño de este redactor por buscar en los párrafos anteriores una cierta rentabilidad en los rasgos culturales que nos definen, desde el púlpito de la política siguen sin llegar palabras de aliento que dignifiquen mínimamente el artículo de la Constitución que abre el texto. Ni ayudas a las librerías, que siguen sacando la mano a la superficie sin ser vistas; ni rebajas en los impuestos sangrantes que fagocitan lentamente al artista medio; ni recuperación de las subvenciones a transatlánticos como el Teatro Real o el Liceo de Barcelona; ni ayudas a las bibliotecas públicas para sufragar el gasto en libros. Y sólo me centro en el mundo que rodea a la literatura, del que soy habitual usuario, pero si nos vamos a la pintura, a la danza o al denostadísimo cine, podemos pasar en este artículo de las imaginarias carcajadas iniciales al llanto final. Precisamente porque a menudo la cultura no ofrece la rentabilidad que se busca en esta sociedad cortoplacista se antoja más necesario que nunca el auxilio de la política, base del futuro que sobreviene. La campaña sin palabras para la cultura; la campaña más inculta.

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