Juan Claudio de Ramón

La capital y la corte

«En la Transición, España tuvo capital y la mantuvo un cierto periodo. De un tiempo a esta parte, mucho me temo, solo ha habido vulgar y tumescente corte»

Opinión

La capital y la corte
Foto: Sofonisba Anguissola| Museo del Prado
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Una de las primeras lecciones de geografía política que se aprenden es que los países tienen capital: la ciudad, que puede no ser la más importante desde el punto de vista económico, donde residen su gobierno, parlamento y tribunales superiores. En edad escolar saber el nombre de las capitales de países ajenos es motivo de mucho orgullo. A mayor exotismo, mayor es la jactancia: ¿de qué país es capital Antananarivo? ¿Y Belmopán? El modelo primigenio de todas es Roma, caput mundi, capital del mundo antiguo, que llegó a congregar un millón de almas en el siglo I d.C, cifra no igualada hasta el París o el Londres de la Revolución Industrial. También de ceca latina es la palabra: caput, capitis: cabeza. Así como nuestra cabeza gobierna nuestro cuerpo, en la capital se redactan las leyes fundamentales que rigen un país.

En los siglos en que los países eran reinos, la capital se confundía con la corte de los monarcas. Al principio itineraban; luego se fijaron en algún lugar estratégico o cómodo. A Felipe II, Madrid ofrecía la comodidad de no tener obispo y a Luis XIV, Versalles, la de no tener pueblo. Por corte, dice el diccionario, hay que entender el conjunto de personas que componen la familia y el acompañamiento habitual del rey o reina. ¿Y qué hacen esas personas, que llamamos cortesanos? Ocasionalmente aconsejar, bien o mal, al monarca, pero sobre todo medrar, obtener protección, sacar tajada. Ahí está la diferencia entre tener capital y tener corte. Mientras la corte es una mera agrupación de intereses particulares, la capital, si hace honor a su etimología, es donde se piensan los problemas de la comunidad y se delibera sobre su solución.

Las monarquías absolutas casi han desaparecido; no así las cortes, que menudean también en las modernas democracias, aunque sean repúblicas, porque florecen en torno a cualquier persona que ostente poder, como un enjambre de abejorros para chupar el néctar de la flor. Las «élites extractivas» o el «clientelismo político» son solo nuevos avatares semánticos de la corte de toda la vida. El papel de cronista real, encargado de ensalzar las gestas del príncipe, hoy lo desempeñan intelectuales orgánicos que tejen relatos del agrado del que manda a cambio de su favor.

Toda capital tiene algo de corte; su existencia es congénita al ejercicio del poder y no hay que escandalizarse en exceso por ello. Capital y corte pueden coexistir. Pero es un problema para un país dejar de tener capital para tener solo corte. Cobistas y lobistas que absorben las energías y recursos que corresponden al buen gobierno del país. A lo largo de la historia, capital y corte forcejean (pensemos en el bueno de Jovellanos, cuando, al fin ministro, y cargado de planes de reforma, solo aguanta nueve meses en la corte del valido Godoy). En su desarrollo modernizador, el Estado institucionaliza la función pública, profesionalizándola; el funcionario que sirve a las instituciones reemplaza al cortesano que sirve a su jefe político: es el deep state, el estado profundo, que tanto importunaba a Trump, por desfacer sus planes más nefandos, o los jueces en España, que también molestan por no doblegarse al interés faccional. El Beamtestaat, el Estado de funcionarios nacido en la Prusia de Federico Guillermo I, tiene sus riesgos, si el funcionario abusa de su posición o reemplaza su conciencia por mera obediencia, pero sigue siendo el modo más eficaz de que las cosas funcionen, y un dique contra la corrupción que acompaña por defecto a la corte. En Twitter, que también sirve para aprender cosas, Juanjo González me comenta que Sabino Fernández Campo –que fuera Jefe de la Casa del Rey– sostenía que los políticos habían de ser palatinos –concernidos por los asuntos del reino– pero no palaciegos, es decir, urdidores de tramas sin más objeto que vendimiar para sí mismos la cercanía del poder.

Queda algo por decir: si hemos dicho que capital es cabeza, podríamos también suponer que la capital de un país es su inteligencia. Allí donde alguien piensa en el bien de un país está su capital; no es un problema, sino una gran ventaja, que esa inteligencia patriótica esté repartida por todo el territorio, cada uno pensando en el conjunto desde su propio solar. Aun perduran, desvitalizadas, las sociedades de amigos del país, legado de la España de la Ilustración. Y no faltan, en la España actual, cabezas pensantes y asociaciones con meditados planes de reforma que, sin embargo, rara vez suscitan el interés del poder electo. Una capital, en el fondo, es eso: un grupo de amigos –adversarios políticos o compañeros de partido, tanto da– conscientes de tener un país en común a su cuidado. En la Transición, España tuvo capital y la mantuvo un cierto periodo. De un tiempo a esta parte, mucho me temo, solo ha habido vulgar y tumescente corte.

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