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La caridad de los pizzeros

"Como todo el mundo sabe, no hay alimentación equilibrada que no incluya un par de raciones de pizzas grasientas a la semana"

Foto: Ballesteros | EFE

Dijo ayer Díaz Ayuso que es mejor que los niños coman del Telepizza que pasar hambre, como en Venezuela. La solidez de la argumentación es envidiable, lo admito. Demos un poco de contexto: resulta que la Comunidad de Madrid tenía que ver cómo mantener las ayudas de comedor escolar (esas que perciben los niños cuyas familias no pueden pagar la cuota) durante el tiempo que durase la cuarentena. Digámoslo claro: muchos niños necesitan que se les asegure esa comida al día. Había dos opciones: o buscar que alguna de las empresas que proveen normalmente a los colegios se ocupase de preparar un menú y de repartirlo o aceptar la generosa contribución de Rodilla, Telepizza y Viena Capellanes.

Como todo el mundo sabe, no hay alimentación equilibrada que no incluya un par de raciones de pizzas grasientas a la semana; y, entre una y otra, sándwiches. Yo le pondría cinco piezas de bollería al día y creo que el menú quedaría sanísimo y de rechupete."A los niños le gustan las pizzas y los sándwiches", dice Ayuso, indignada por las críticas. Claro, y las gominolas: ¿los hinchamos entonces con ositos de gelatina? Temo que el día que descubra que a los chavales tampoco les gusta ir a la escuela encuentre la excusa perfecta (¡irrefutable!) para cepillarse la educación pública.

Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid dice que mejor lo que tienen que la hambruna bolivariana, lo que realmente dice es que entiende la labor asistencial del Estado como una limosna: aquello que se les da a los que no pueden escoger otra cosa. Y a las propinas no se les rechista. Le ha faltado encogerse de hombros y decir "pues que sus padres hubiesen estudiado".

Hay suficientes análisis que demuestran que la obesidad es, también, una cuestión de clase como para que ahora nos pongamos a discutirlo. Le enviaría un puñado a la señora Ayuso, pero temo que me responda que a quién no le gustan los perritos calientes y los bollicaos, que deje de politizar el sufrimiento y que en la URSS se vivía peor. ¡Los rojos quieren decirnos lo que tenemos que comer! Retórica de tres al cuarto y chabacanería que apenas sirve para disimular lo de siempre: si no tienen pan, que coman pasteles.

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