Matias Costa

La Casa al Revés

Todo a nuestro alrededor es una amenaza potencial de desestabilización, y solo nos sentimos seguros cuando estamos cumpliendo la única misión capaz de salvar nuestras almas: la productividad económica.

Opinión

La Casa al Revés

Todo a nuestro alrededor es una amenaza potencial de desestabilización, y solo nos sentimos seguros cuando estamos cumpliendo la única misión capaz de salvar nuestras almas: la productividad económica.

«Pásele a lo barrido» es una expresión muy mexicana, que se usa en familias de clase media baja o baja, para invitar a alguien al hogar y que se sienta como en su casa. Una muestra de hospitalidad, como tantas otras, que contrasta con las costumbres de la vieja Europa, donde aún tenemos la casa por barrer pero cerramos la casa a cal y canto, no vaya a ser que se nos metan hasta la cocina y tengamos que compartir nuestra mierda, roñosamente atesorada.

Hemos aceptado e interiorizado hasta el extremo la tesis de que hay que protegerse del otro como única manera de salir de ésta. Sálvese quien pueda. Y el otro no es solo el inmigrante que se cuelga de la valla fronteriza, esa otredad contamina todo: la pareja, los amigos, las aficiones, el ocio… Todo a nuestro alrededor es una amenaza potencial de desestabilización, y solo nos sentimos seguros cuando estamos cumpliendo la única misión capaz de salvar nuestras almas: la productividad económica.

Pero la casa está al revés porque esa obsesión por la productividad (filosofía que se extiende a todo lo demás: no perder el tiempo, no detenerse, no hacer cosas que no sirvan…) no nos reporta una mejora en la calidad de vida, apenas nos vale para asomar la boca en la superficie, tomar un poco de aire, y seguir sumergidos en la ciénaga. El filósofo coreano afincado en Alemania Byung-Chul Han describe en su libro La Sociedad del Cansancio a un hombre contemporáneo que ya no tiene que luchar contra elementos externos que lo atacan, sino que se corroe a si mismo entregado a la búsqueda del éxito, un recorrido que lo agota y lo conduce a la depresión, una espiral narcisista que le hace perder la distancia hacia el otro. Según Han, la violencia neo-liberal ya no destruye desde fuera, ya no ejerce la represión: ha conseguido que el hombre contemporáneo la interiorice y sea su propio explotador. Según su filosofía, el hombre de hoy es un esclavo que ha optado por el sometimiento a cambio de un modo de vida escasamente interesante, donde el trabajo es el único modo de optimización personal y uno se explota a sí mismo hasta el colapso. La forma de salir de este bucle es dejar atrás el narcisismo, mirar al otro, ser conscientes de su presencia y su significado. El deseo es el único motor del cambio, y sin el otro no hay deseo.

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