Anna Grau

La Cataluña que paga y calla

«Que triste es pedir, pero más triste es tener que robar al pueblo para liberarlo»

Opinión

La Cataluña que paga y calla
Foto: ALBERT GEA| Reuters
Anna Grau

Anna Grau

Anna Grau es periodista y escritora y ha sido todo eso en Barcelona, NYC y Madrid.

Esto de los sanchindultos ha levantado y levanta tal polvareda que a veces el detalle, la letra pequeña del contrato, pasan peligrosamente desapercibidos. A saber: hasta el último minuto se daba por hecho que los indultos, de perpetrarse, serían por el delito de sedición, no por los de malversación. Parecía de sentido hasta común preservar alguna cautela expiatoria en este sentido, teniendo en cuenta la pavorosa megamillonada de dinero público invertida por los dirigentes del procés en financiar esta aventura: desde las facturas de las consultas ilegales del 9N y del 1O hasta el océano de agitprop desplegado a nivel planetario por las «embajadas» catalanas, pasando por tremendas redes clientelares de los desaprensivos habituales. 

Bien, pues ni eso. En una pirueta que a quien esto firma, que humildemente no es jurista pero tampoco se chupa el dedo (no cada día, por lo menos) le ha sonado a rayos, los indultadores alegan que, cómo se malversaba para hacer la sedición, cómo no se podía hacer la sedición sin malversar…pues hala, todo es lo mismo y todo perdonado. Que triste es pedir, pero más triste es tener que robar al pueblo para liberarlo.

Conviene no olvidar que todo esto empezó coincidiendo con los recortes sociales de Artur Mas, los más crueles o casi de toda la España autonómica, y siguió a tumba abierta a través de la pandemia y la peor crisis económica que hemos padecido aquí desde la guerra civil. Con la atención primaria hecha unos zorros en plena Covid, con no sé cuántos niños estudiando en barracones, con los negocios cayendo uno detrás de otros como fichas de dominó, con las empresas largándose como una estampida de bisontes, con gente suicidándose antes de ayer porque la iban a desahuciar mientras los okupas de Colau tienen hasta segunda residencia en la costa, con la delincuencia desbocada como sólo se desboca en las grandes depresiones, que a mí misma me entraron a robar en mi casa la noche del lunes -¡mientras yo dormía en mi cama, se descolgaron por una ventana, me robaron 400 euros del bolso y salieron por la puerta!-, y el martes presencié a plena luz del día en el Passeig del Born como un atracador huía raudo en patinete tras arrancarle un reloj de la muñeca a un señor… Bueno, pues con todo esto, las corruptas élites extractivas del procés han funcionado a toda máquina, como una planta carnívora monstruosa e insaciable. 

Hace poco en el Parlament de Cataluña asistíamos atónitos a un sentido soliloquio de la portavoz de ERC, Marta Vilalta, quejándose de la «represión económica del Estado» (sic), criticando las cuantiosas fianzas y multas impuestas a algunos responsables del procés y hasta lamentándose de que «esto amenaza las herencias de sus hijos e hijas». ¿Alguien ha escuchado jamás algo más triste? No sé en qué estaría pensando el desalmado diputado de Ciutadans que la señora Vilalta tenía enfrente, mi colega Matías Alonso, cuando sin ablandarse lo más mínimo la invitó a responder de «los cientos de miles de euros que se ha pulido el Diplocat», que estaba y sigue estando bajo la lupa del Tribunal de Cuentas.

Recordemos que sólo por los hechos del 1 de Octubre, los encausados ya tuvieron que depositar una fianza de más de 4 millones de euros. Tampoco fueron mancas las multas impuestas a Artur Mas y sus cómplices del 9N. En aquel caso, supe que una de las encausadas había llamado al presidente de Societat Civil Catalana, promotora de la denuncia, para regatear: «¿Nos vais a reclamar sólo devolver el dinero, o también pagar los intereses?». Le interesaba saberlo porque las famosas «cajas de resistencia» alimentadas por asociaciones como la ANC o Òmnium Cultural, generosísimamente subvencionadas a su vez con dinero público (si es que no hay manera de salir del bucle) ya estaban bastante al límite.

El caso es que dentro de la misma corrupción encuentras más y más matices de la vergüenza. Por ejemplo el exconseller relativamente «traidor» Santi Vila se dolía de que para él no hubo caja de resistencia ni fondos públicos que pagaran su defensa ante el Supremo. Como sí los tuvieron y los tienen otros altos cargos, incluidos algunos todavía pendientes de juicio, sin ir más lejos, los directivos de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals que dieron la orden de emitir por la tele y la radio pública catalanas una verdadera avalancha de publicidad institucional a favor del referéndum ilegal, desafiando todas las prohibiciones de todos los tribunales que se les pusieron por delante.

Llámenme reconcorosa, llámenme vengativa, incluso llámenme catalana de la virgen del puño. Pero es un hecho que estoy muy harta, que estamos hartísimos muchos, y si no lo están más, es porque ya se ocupan de que no se enteren, de tenerles entretenidos con otras cosas, en fin, que ya está bien. Que aguantar el procés es peor que tener un hijo tonto. Es tener quintillizos yonquis. No nos alcanza a pagar el cotidiano chute republicano para todos, más las multas, más las fianzas, más los intereses que siguen y se seguirán generando, porque esta masiva amnistía fiscal a todos los indultados sin duda da ánimos a todos los que no han pasado aún por el juzgado, pero sí por caja, y a este paso nos seguirán vapuleando y esquilmando hasta que ni puestos de flores queden en las Ramblas. Sólo cactus achicharrados y alguna que otra bala de heno melancólicamente rodando puerto abajo. Espero que por lo menos se acordaran de apagar todas las luces del Liceu al salir. 

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