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La Cataluña vacía

Después de seis Diadas, apenas ya nada nuevo se puede decir sobre las mismas. Se consolida en Cataluña un movimiento de masas con gran poder de convocatoria, que ejerce una capacidad de persuasión política sin parangón ni en Europa ni en el mundo. Probablemente, solo ideologías de carácter religioso pueden convencer de manera tan rotunda a los ciudadanos de que alcanzar un objetivo no requiere considerar los daños colaterales. La relación entre nacionalismo y religión ha sido muchas veces puesta de manifiesto. Y, desde luego, no soy la única persona que mientras leía Sumisión de Houellebecq, veía importantes paralelismos con las sucesivas conversiones al independentismo entre amigos y compañeros de trabajo. En fin, hay que reconocer que la libertad de reunión y manifestación es un pilar de la democracia constitucional, pero cuando se transforma en performances industrializadas convierten a la política en una lucha en torno a los metros cuadrados ocupados en la calle.

Que el secesionismo es hoy una ideología transversal, nadie lo duda. Sin embargo, resulta palpable que las calles de Barcelona se llenan cada 11 de septiembre de manifestantes que provienen en buena medida del centro de la provincia y de la periferia del Principado. El viejo conflicto entre lo rural y lo urbano vuelve a reaparecer en pleno siglo XXI. Es importante constatar que la negativa de varios alcaldes de unas pocas ciudades (Lleida, Tarragona, Hospitalet, Santa Coloma y la propia Barcelona) puede bastar para dejar a más del 55% de los catalanes sin poder votar en el (im)posible referéndum del 1 de octubre. La Cataluña vacía, adaptando el famoso libro de Sergio del Molino, manda en las instituciones gracias a la proporcionalidad estratégica que ofrece la ley electoral. No es casualidad además, como apuntó recientemente Víctor Lapuente, que Berga, antigua capital del carlismo catalán, sea el único feudo de las CUP en Cataluña: y tampoco que Otegui, uno de los herederos naturales del viejo carlismo vasco, haya sido aclamado en su visita a la Diada.

En España llevamos un par de siglos tratando de construir una ciudad política moderna. Cada fracaso ha obedecido a factores de diversa consideración, pero ninguno lo explica mejor que la pervivencia de un pensamiento político romántico y escolástico, ajeno a la tradición liberal y republicana. Cataluña y otras plazas nacionalistas han sido lugares privilegiados donde seguir ensayando la lucha entre la comunidad y el individuo que llevamos librando desde 1812. A diferencia del Bilbao del siglo XIX, el sitio de Barcelona no ha sido necesario: han bastado miles de autobuses como metáfora de una democracia sin atributos.

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