Josu de Miguel

La cháchara federal

España es un país donde algunas ideas políticas están francamente devaluadas. Esa devaluación se produce generalmente porque la inteligencia patria las ha utilizado con fines distintos para las que fueron pensadas. Sin embargo, en otras ocasiones, la praxis histórica ha dejado un mal sabor de boca, como es el caso del republicanismo y el federalismo. Déjenme que me centre en el segundo concepto, en estos tiempos de turbulencias territoriales.

Opinión

La cháchara federal
Foto: David Aguilar
Josu de Miguel

Josu de Miguel

Abogado de causas perdidas y profesor de universidad, donde enseña derecho público.

España es un país donde algunas ideas políticas están francamente devaluadas. Esa devaluación se produce generalmente porque la inteligencia patria las ha utilizado con fines distintos para las que fueron pensadas. Sin embargo, en otras ocasiones, la praxis histórica ha dejado un mal sabor de boca, como es el caso del republicanismo y el federalismo. Déjenme que me centre en el segundo concepto, en estos tiempos de turbulencias territoriales.

He llegado a la conclusión de que en nuestro país declararse federal no significa nada. No porque no pueda constituirse en una técnica de organización de poder respetable, sino porque el federalismo se usa tantas veces al margen del estándar consensuado por el pensamiento jurídico occidental, que cuando se pone encima de la mesa por algún político o comentarista profesional, ya ha perdido toda posibilidad de servir para el objeto último para el que fue concebido: preservar la unidad en la diversidad y proteger la igual libertad individual.

La confusión nacional probablemente venga de la I República, que intentó organizarse federalmente pese a que los que impulsaban el proyecto constituían una rareza política indudable. Aquel federalismo social y cantonal, encarnado en las ideas de Proudhon y Pi i Margall, tuvo y ha seguido teniendo un peso negativo en la forma en la que se ha organizado territorialmente nuestro país. De hecho, la II República, influida por aquella experiencia y los procesos de centralización que se estaban produciendo en países como Alemania o Austria, declaró el Estado como integral buscando una vía intermedia entre el federalismo y el unitarismo.

Ciertamente, pocos constitucionalistas y politólogos pueden negar que nuestro modelo autonómico es hoy materialmente federal. Sin embargo, no son escasos los profesores, articulistas y políticos, que han hecho de la bandera federal un proyecto que nada tiene que ver con la preservación de los fines y valores antes mencionados. Me resultó desolador escuchar al lehendakari Urkullu reclamar la semana pasada “federalismo para organizar el Estado español”, buscando comparaciones fantasiosas con Alemania, Suiza o la Unión Europea. En ninguno de estos tres sistema políticos existe (ni podría existir) algo parecido a la Disposición Adicional 1ª de la Constitución o el concierto económico del que disfruta el País Vasco. ¿Saben por qué? Porque no hay federalismo allí donde no hay igualdad de derechos y obligaciones entre las partes (Länder, Cantones, Estados miembros) que componen la forma política. Cosas de la democracia, ya saben.

Pero la cháchara confederal (perdón, federal), se extiende a los plurinacionales y a los nostálgicos del derecho de autodeterminación vía la Unión Soviética o Yugoslavia. Perdonen la expresión, pero algunos no aprenden ni a palos. El Estado autonómico es nuestro federalismo, con sus ventajas y sus defectos. Podemos mejorarlo o acabar destruyéndolo. Ahora bien, cuando oigan a alguien hablarle de la “España federal”, actúen con cautela y garantícense de que el interlocutor, como decía Azaña, se ha dedicado a hablar poco y a estudiar mucho, porque es probable que les estén dando gato por libre. El gato del mito austracista o cualquier otra ocurrencia que sirva para pasar el día.

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