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La ciudad triste

Foto: MICHEL EULER | AP

Dice Torra que Barcelona “ha abdicado de ser la capital de Cataluña”. Si estuviéramos en Twitter podríamos contestarle que este es el primer y más inesperado reconocimiento oficial de Tabarnia. Sin embargo, vale la pena no tomárselo a broma y analizar qué pensamiento se esconde detrás de estas declaraciones, porque son más siniestras de lo que parecen a primera vista. Nos encontramos ante “esa concepción estrecha, exclusivista, beata y simplista que reduce toda identidad a una sola pertenencia” y que Amin Maalouf denunciaba en Identidades asesinas. Y Barcelona sigue siendo una ciudad demasiado abierta, demasiado cosmopolita, demasiado diversa, para formar parte de la tribu, y menos aún para encabezarla. Es, además, un mensaje lanzado a todos los ciudadanos de Cataluña. O eres exclusivamente catalán, o no eres catalán, viene a decirnos el presidente de la Generalitat. Dicho de otra manera, o eres separatista, o este no es tu sitio. Así, de un plumazo, el nacionalismo de Torra borra la complejidad de cada individuo, ese conjunto de pertenencias que nos hace únicos. Aniquila la identidad que hace que uno no sea idéntico a otro y nos diluye a todos sublimando una única y sagrada pertenencia.

Nada nuevo bajo el sol. Al nacionalismo nunca le han gustado las ciudades. Lógico. A las ciudades tampoco les gusta el nacionalismo. No les sienta bien. Las ciudades son las guardianas de la libertad, porque en ellas gozamos de la intimidad protectora, pero también de la oportunidad de estar donde las cosas suceden y las nuevas ideas surgen. Es donde la cooperación es libre y fuente de prosperidad y progreso. Las ciudades son sus calles y sus edificios, pero son, sobre todo, las personas que la habitan y su manera esperanzadora de mirar al futuro. Todo lo cual es un gran obstáculo para aquellos que quieren atrapar a sus conciudadanos en la jaula de la “mentalidad de agredido”. El propio Maalouf nos advierte de las consecuencias para los que ceden ante tal tentación nacionalista: “Se hacen un ovillo, levantan barricadas, se defienden de todo, se cierran, dan vueltas y vueltas a la situación, dejan de buscar, de explorar, de avanzar, le tienen miedo al futuro, y al presente, y a los demás”. Y, así, cuando este fenómeno se extiende, la ciudad deja de ser ciudad.

Sí, Barcelona corre el riesgo de dejar de ser ciudad si se convierte en capital nacionalista. Por ese camino va. El nacionalismo se ha instalado en la metrópolis como un anticiclón de aires tristes. Provoca un clima emocional perverso, donde la aflicción apaga la ambición, echando a perder oportunidades como la de la Agencia Europea del Medicamento. Un clima estimulado con no pocos recursos públicos, a base de mentiras y manipulaciones, pero con efectos muy reales. No queda ni rastro del espíritu olímpico. Hace un par de años se conmemoró el 25 aniversario de los JJ.OO. de Barcelona, pero nadie se dio cuenta. Esta ciudad ha pasado de ser vanguardia cultural a vanguardia de populismos de toda especie. Hoy el resentimiento y el hartazgo espantan el talento y la creatividad solo luce en las trampas políticas. Así, si los barceloneses agachan la cabeza, se encogen y viven con nostalgia y tristeza creyéndose las milongas del nacionalismo, Barcelona se convertirá en una bella urbanización y un magnífico hub gastronómico, pero dejará de ser ciudad. Y perderá ese futuro que a tantos nos enamoró.

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