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La clase obrera va al infierno

Como siempre, tenían a lo más esplendente y granado. Madonna prometía jugosas y lentas felaciones mirándote a los ojos, mon semblable yanqui. Robert de Niro, duro, sin afeitar, con sobrepeso y letal, reconocía su deseo de partirle la cara. Springsteen, jugando todavía a inverosímil Working Class Hero, puso su guitarra a las órdenes demócratas porque (y ahí me emocionó el Rocker) quería estar del lado bueno de la Historia. Todo el mundo del espectáculo realizó un desembarco de Normandía espectacular (menos los pobres payasos paletos Mike Tyson y Hulk Hogan).

Todos los medios apostaron por Hillary.

Y sin embargo ganó Trump.

Reconozcamos, pues, la brecha entre la pétrea realidad y la ficción mediática. Entre el deseo virtual y una situación a pie de calle jodidísima. Es cierto que Estados Unidos es uno de los países con un índice de paro más ínfimo. Pero no es menos cierto que los ciudadanos que trabajan no tienen garantizado el derecho a una vida digna. A un presente higiénico. Es decir, en EUA y Europa, los dos modelos más razonables de prosperidad mundial, un abrumador número de trabajadores no puede acceder a una vivienda ni plantearse un proyecto de vida a medio plazo.

De esta gestión deficiente del sistema viven los populistas, que venden motos averiadas mientras los partidos tradicionales no salen de su mísera corrupción.

Trump. Le Pen. Rufián. Junqueras. Iglesias. Los borrachos y homosexuales reprimidos del Brexit. Los griegos derrotados. Putin, un asqueroso reprimido que castiga a los homosexuales.

Estamos en un momento histórico en el que poco valen las fotos en Instagram de los artistas y demás pijos. La clase obrera ya no va al cielo, como titulaba la sólida película de Elio Petri, la clase obrera se tira en caída libre al infierno. Es normal.

Cantaba el aceptable hacedor de canciones y premio Nobel de Literatura que los tiempos están cambiando. Los populismos lo han interpretado bien.

Pido a los socialdemócratas que sepan valorar otro gran verso de Dylan: “Cuando no tienes nada, nada tienes que perder”.

La socialdemocracia nunca fue blanda.

Ni nunca fue “codo con codo” con los populistas.

Es momento de unirse frente a la mentira y el terror.

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