Argemino Barro

La coherencia de un cóctel molotov

«Acudir a una manifestación, reivindicar alguna causa en Facebook o colocar un cartel en una ventana sería mejor que nada: una expresión, al menos, de solidaridad, de apoyo, de 'no estáis solos'»

Opinión

La coherencia de un cóctel molotov
Foto: Octavio Jones| Reuters
Argemino Barro

Argemino Barro

Corresponsal en Nueva York de 'El Confidencial' y otros medios españoles. Interesado en populismos y autoritarismos. Autor de 'El candidato y la furia, sobre el ascenso de Donald Trump', y 'Una historia de Rus: Crónica de la guerra en el este de Ucrania'.

La primavera también ha llegado a Park Slope y Windsor Terrace, dos de los barrios más acomodados de Brooklyn. Son como un pedacito de Middle America en Nueva York. Un oasis de chalets y casas amplias y bien cuidadas. Con sus brillantes coches familiares en los garajes, ventanas de rotonda y patios traseros de los que ya irradian las risas de los niños y el olor a barbacoa los fines de semana.

En muchas de las ventanas, mensajes demócratas. Listas interminables de apoyo a todos los colectivos y causas de los últimos años. Los carteles de Bernie Sanders, Joe Biden y Elizabeth Warren siguen alzados en los jardines, junto a retratos de George Floyd y mensajes de Black Lives Matter. Ayer me llamó la atención uno de estos cartelitos. Estaba pegado a una ventana y decía: «No justice, no peace».

Me acuerdo de haber visto muchas veces este mismo cartel en el verano de 2020. Estaba colocado, por ejemplo, sobre el capó de un coche de Policía calcinado, en la intersección de las avenidas Bedford y Church. Era medianoche y un helicóptero zumbaba sobre nosotros. Los manifestantes lanzaban petardos y botellas de agua a la Policía, que amagaba con cargar. Eran los primeros pasos del ritual de todas las noches. Una danza y contradanza que solo estaba en sus prolegómenos.

Uno puede no compartir en absoluto la violencia de aquellos días. Ni de la Policía ni de los manifestantes. Ni los porrazos ni el destrozo de los negocios. Pero, al menos, aquel cartel de «No justice, no peace», en su estrecho contexto, era coherente. Alguien se había atrevido a romperle las ventanas al coche y a arrojar dentro un cóctel molotov. Se había arriesgado a ser detenido, con cargos de provocación de incendios, desorden público y posesión y uso de artefactos explosivos, que podrían hacerle pasar el resto de su vida en la cárcel.

Dejando la moral a un lado, ese violento demostró compromiso, determinación, skin in the game. Consideraba que no había justicia y que por lo tanto tampoco tenía que haber paz, y salió a la calle tapado con una bandana a poner interés en sus palabras. (Dejando la moral a un lado, también eran coherentes los esprais de pimienta, los agarrones de pelo y los porrazos en las costillas de los manifestantes).

Pero, ¿en la ventana de una caldeada y bien iluminada sala de estar, con un Subaru en la puerta, en un cristalino atardecer de mediados de abril? El cartelito provocaba distintas sensaciones. Ninguna de ellas de coherencia.

Hay dos formas de abordar esta cuestión. Una es la forma indulgente. Imaginemos una escala de compromiso social del 0 al 10. En el 10 estarían los grandes mártires intocables, los héroes que entregaron su vida a una lucha justa que nos ha legado un mundo mejor. Los Nelson Mandela, las Madre Teresa, los Gandhi o los Martin Luther King. Nuestro santuario secular contemporáneo. Y luego, de ahí para abajo, el resto de los mortales: de los misioneros a los voluntarios que ayudan a la gente sin hogar, de los militantes o periodistas que se la juegan contra la corrupción a los trabajadores que dedican su tiempo libre a perseguir algún bien público.

En esta escala, todo esfuerzo es bienvenido. Aunque solo sea de 1 sobre 10. Acudir a una manifestación, reivindicar alguna causa en Facebook o colocar un cartel en una ventana sería mejor que nada: una expresión, al menos, de solidaridad, de apoyo, de «no estáis solos». El efecto neto de ese cartel,  aunque muy pequeño, sería positivo.

La otra manera de verlo no es tan clemente. El cartel sería otro ejemplo del famoso «señalamiento de virtud». Estos carteles no hablarían de compromiso social, sino del ego de quien los ha colocado ahí: una persona deseosa de anunciar al mundo la excelsa calidad de sus principios, sin tener por qué refrendarlos con hechos ni pagar algún precio por ellos. El efecto neto de estos comportamientos sería negativo, ya que abarataría el mensaje en cuestión. Lo profanaría con una capa de hipócritas valores burgueses. Lo convertiría en una eslogan de taza de café y eclipsaría el arrojo del que sale de su casa con una bandana a prenderle fuego a una «lechera».

Según esta perspectiva, el señalamiento de la virtud tendría un efecto de bálsamo sobre las conciencias de quienes lo practican. Ese picor que se da entre las palabras y las acciones, en ese abismo al que es mejor no asomarse, quedaría aliviado por un mensaje en Facebook o un cartel en una ventana, que conjurarían por un rato el sentimiento de culpa.

Hay industrias enteras que dependen del señalamiento de la virtud. Las corporaciones más grandes de Estados Unidos se suman desde hace años a todas las causas progresistas posibles; la última, un rechazo general, sin entrar en detalles, a las restricciones al voto que están aprobando varios estados republicanos. Es posible que los CEOs de Apple, Merck o American Express no puedan dormir por las noches pensando en estos asuntos, y que tengan que actuar en línea con sus rectas conciencias. O que simplemente inviertan dinero en ahorrarse una de esas pesadillas de las relaciones públicas que estallan a menudo en las redes sociales.

Pero si hay una industria que dependa del señalamiento de la virtud, esa es Hollywood. Como apuntaba el presentador y cómico Bill Maher, en los Óscar ya no compiten películas que no hablen de las tragedias y cosas terribles que les ocurren a las minorías o a las mujeres. Abandonos, miseria, asesinatos, traiciones, juicios amañados. Estas películas solo son una pomada carísima, un gigantesco bálsamo para las clases acomodadas de la izquierda. Un enorme cartel colocado en la ventana de un apuesto chalet de Brooklyn o del Upper West Side, cuyos dueños jamás meterían a sus hijos en un colegio público.

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