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La colectivización del cuerpo

La excusa es la salud, y puede que uno de los motivos. Pero no el motivo. Hasta cierta edad salimos a correr porque detrás de la promesa de un colesterol bajo hay un torso recio y unos hombros prominentes destinados a probar muchos colchones. Lo de “correr tras la eterna juventud” ha dejado de ser una metáfora de la lucha del hombre contra su inevitable decadencia. Ahora es la definición exacta de la versión más primaria de la libertad: estilícese, distíngase. Su horizonte vital se ensanchará en la misma medida que su espalda. El deporte pulirá sus aristas grasas y le dará su forma verdadera y única. Píndaro a la carrera. La libertad sigue siendo una cuestión de esfuerzo: laboral, moral o anaeróbico.

La mirada hacia un horizonte anhelado de estos dos modelos deportistas tiene, en cambio, el aire de una estampa soviética que nos pone el paraíso al alcance de las zapatillas de Decathlon. Y es que no hay nada como salir a correr por los lugares habituales del barrio para darse cuenta de que el deporte, el cuerpazo, lejos de distinguirnos, nos iguala (no digamos si vamos a una playa de Tarifa o a un bar cool de Malasaña). Es llamativa la uniformidad de los atuendos, de la estética del deporte y sus resultados. Los runners están –estamos– más cerca de la cartelería comunista que del modernismo.

El psicoanalista italiano Massimo Recalcati ha escrito que en esta competencia corporal –o, mejor dicho, contra el propio cuerpo–  “no hay liberación, sino tan sólo coacción, servidumbre, dependencia patológica”, porque  “la naturaleza del impulso instintivo que lo recorre es insaciable”. Y del carácter regresivo del deporte ‘realmente existente’ (¡todo son analogías!) se da uno verdadera cuenta al pasar, inadvertidamente, por delante de un gimnasio. El ruido de las máquinas, las órdenes del entrenador, los gestos de resignación y esfuerzo: la industria pesada del cuerpo.

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