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La compasión como virtud pública

No se puede luchar contra las injusticias sin antes compadecerse de quienes las sufren

Foto: Jens Meyer | AP Images / Archivo

Hemos dejado de usar antiguos conceptos en este tiempo de pensamiento apoderado en el que subcontratamos nuestras opiniones. Además, la constante primacía de lo novedoso ha desdibujado un vocabulario que había favorecido la comprensión de la experiencia humana en toda su amplitud. Entre todas estas palabras sobresale la compasión. Estigmatizada por Spinoza como una tristeza y por Friedrich Nietzsche como una debilidad existencial y uno de los peores males del campo moral, podemos reunir una extensa lista de pensadores que la han denigrado hasta hacernos pensar que ya no puede ser útil para leer la realidad.

Con todo, la compasión actualiza cotidianamente la misericordia, otro de los grandes conceptos olvidados del siglo XXI, quizá por su extenso recorrido religioso. Creo que no es posible una vida colmada sin ese envío del corazón que nos grita e incita desde lo más hondo de lo que somos. Porque compadecerse hace referencia a la difícil tarea de acompañar en el dolor y la desgracia ajena. Simone Weil acertaba al considerar que era imposible explicar la compasión a quien jamás la hubiera sentido. Cada día tenemos la posibilidad de comprobar cómo se utiliza perversamente el sufrimiento de los demás. Pero la compasión no debería remitir a una manipulación sentimental de las emociones, ni a alegatos repletos de moralina de mirada corta. Ni tan siquiera, como se nos quiere vender a veces, es un sinónimo de empatía. Las abstracciones estadísticas no sufren, lo hacen las personas.

La compasión siempre viene de la mano de la dignidad. Miguel de Unamuno supo ver que el dolor y la compasión nos revelan la hermandad de lo vivo como una de las mayores obligaciones éticas. La conciencia de la fragilidad, la nuestra y la de todos, debería impulsarnos a sentir junto a otras personas. No se trata de ponernos en el lugar del otro ni de robarle su lugar, ya que sería una forma de manipular el sufrimiento de los demás. Tampoco deberían aprovecharlo los políticos para jugar sus bazas electoralistas. Hacerlo agitando la bandera de la dignidad, como viene siendo habitual, es indecente y muestra una escasa estatura moral. Y es que, contra lo que se ha defendido en numerosas ocasiones, no se puede luchar contra las injusticias sin antes compadecerse de quienes las sufren. Como apuntó Judith Shklar, sin esta capacidad de sentir el sufrimiento ajeno, el problema de la injusticia no podría estar en el corazón de la sensibilidad democrática. El ejercicio de la compasión continúa siendo hoy una virtud pública cotidiana.

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