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La condena o el beneplácito

En su ensayo en forma de libro ‘El mal consentido: la complicidad del espectador indiferente’, Aurelio Arteta aborda con laboriosa y precisa prosa las diversas formas del mal a lo largo de más de 300 páginas que el propio autor califica de ‘incómodas’ para el lector. Arteta justifica esa faceta del ensayo por la propia naturaleza perturbadora del asunto que lo vertebra. El mal que cometemos nos pesa lo suficiente como para que siquiera relatarlo nos haga perder nuestra condición de personas íntegras.

Sin embargo, no es el libro una suerte de tesis moralista que condena esta o aquella equivocación íntima. Como el propio autor advierte, “un criminal mata en su nombre, un criminal político no: lo hace en nombre de todos”. ‘El mal consentido’ retrata al daño que se comete en beneficio o para la consecución de alguna causa pública, esto es: causado por unos pocos, sufrido por unos cuantos más y contemplado por la sociedad en conjunto. Con fecha de 2010, el ensayo se erige como un alegato en contra de todos los silencios y miradas desviadas alrededor de la violencia ejercida por la banda armada ETA en España y en particular en el País Vasco. La derrota del grupo criminal organizado no hace menos urgente la lección de Arteta, que nos recuerda que en una situación de mal político, todos estamos llamados a tomar partido.

La semana pasada dos guardias civiles sufrieron una paliza en la localidad navarra de Alsasua a manos de un grupo de violentos. Geroa Bai, Podemos y PSOE firmaron una destilada declaración institucional que además justificaba el mal cometido por el difícil clima de convivencia que a su juicio genera la Guardia Civil en el municipio. Hace pocos días, un expresidente democrático no pudo hablar en una universidad pública de su país al ser increpado por un numeroso grupo de personas con el rostro cubierto. Podemos se resistió a condenar la efectiva violencia ejercida y algunos portavoces nacionalistas hablaron de provocación por parte de Felipe González.

Ambas agresiones nos conciernen a todos por cuanto menguan la libertad de nuestros iguales, del mismo modo que la violencia de ETA impedía el desarrollo público de las ideas de los demás. De muchos socialistas, por cierto. En democracia los líderes políticos tienen la capacidad de hablar en nombre de la ciudadanía a la que representan y por eso se insiste en exigir la condena de los hechos violentos, para dignificar a la sociedad en nombre de la que se habla. Arteta nos recuerda que es necesario abandonar la comodidad complaciente ante el mal público. De lo contrario, uno no acaba de militar del lado del bien. Eso último es lo que hicieron muchos estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid tras el ataque a González, quienes en una loable iniciativa condenaron los hechos ocurridos y exigieron responsabilidades. El mal fue así un poco menos consentido.

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