Jaime G. Mora

La conjura de los populismos

"En todas las series de David Simon está su compromiso con los marginales, esa diferencia de clase que se esconde tras el mito del sueño americano"

Opinión

La conjura de los populismos
Foto: HBO
Jaime G. Mora

Jaime G. Mora

Periodista. Política y libros en ABC. Lee periódicos en papel porque le gusta mancharse las manos de tinta.

David Simon bromea con que sus series nunca tienen demasiada audiencia mientras se están emitiendo. The Wire, esa historia perfecta que recreaba el mundo de las drogas y de la exclusión en Baltimore, y al mismo tiempo la corrupción política, policial y económica, no empezó a ganar adeptos casi hasta el final de su quinta y última temporada. De todos modos, fue un éxito de crítica más que un éxito comercial, y su condición de serie de culto en la era dorada de las series señaló a Simon, su creador, como un escritor excepcional.

En The Wire, Simon puso imágenes a lo que durante años había conocido durante su trabajo como reportero para The Baltimore Sun y ya había anticipado en la miniserie The Corner. En sus series posteriores Simon buscó nuevos universos. En Generation Kill abordó la guerra de Irak, en Treme cambió Baltimore por la Nueva Orleans que quedó tras el paso del huracán Katrina, en Show Me a Hero cuenta el conflicto entre negros y blancos durante los años 80 por la construcción de vivienda sociales en Yonkers y en The Deuce relata el origen de la industria del porno en el Nueva York de los años 70.

Pese a tener el sello de la HBO, ninguna de ellas tuvo grandes audiencias. En todas sus series está su compromiso con los marginales, esa diferencia de clase que se esconde tras el mito del sueño americano. Sus tramas avanza lentamente, aparentemente no ocurren demasiadas cosas y no hay trucos fáciles para enganchar. La escritura del autor estadounidense muestra la vida como es: lenta, rutinaria, aburrida, y por eso mismo apasionante.

La última miniserie de Simon, La conjura contra América, incorpora la firma de Philip Roth y supone un giro en su filmografía al abandonar el realismo de sus anteriores trabajos para iniciarse en el género de la distopía política. Siguiendo la novela de Roth, Simon ubica la narración en un barrio judío de Nueva Jersey que vive con temor la victoria electoral de Charles Lindbergh, un aviador y héroe nacional que llega a la Casa Blanca aupado por un discurso antisemita. Lindbergh no tardará en aliarse con Hitler y firmar un acuerdo de neutralidad para no entrar en la guerra.

Todo lo que sucede a partir de aquí es terroríficamente verosímil. El racismo, el odio, siempre latentes, se destapan cuando llegan al poder. Ya no se reúnen en bares a los que solo van ellos. Ahora pueden señalar en público, ser violentos. Les amparan un sistema policial racista e iniciativas política para separar y reeducar a los judíos. “Pintaron esvásticas e insultos por todas partes. Otra vez. Puto Lindbergh —dice uno de los personajes—. Son los de América Primero. Esos cabrones. Siempre han estado aquí, pero ahora tienen permiso para salir de debajo de las piedras”.

Roth anticipó en su novela, publicada en 2004, diálogos y expresiones que están definiendo la presidencia de Donald Trump. “Estás aquí sentado porque un populista ha alcanzado la presidencia”, le dijo Roth a Simon cuando le dio el visto bueno para hacer la serie. Simon piensa que la mejor manera de explicar el trumpismo es recurrir a la historia. Los judíos del Lindbergh de Roth son los inmigrantes de Trump: es el mismo populismo. Lo imprevisto, el riesgo de despeñarse hacia el fanatismo, a veces es inapelable, incluso en las democracias más maduras.

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