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La continuidad conocida

Si el resultado de Podemos hubiese sido parecido al que anunciaban las encuestas, si hubiese sido aproximado el big bang que a las ocho de la tarde profetizaba un sondeo de precisión cómica, todo habría sido fraternalmente distinto. Lo habría sido porque esta misma noche se habría creado un clima y activado una dinámica que ahora sabemos que nada tendrá que ver con aquella que ha impuesto la realidad de las urnas. No. No se puede. No habrá cambio.

Tiempo habrá para analizar la complejidad de ese realidad –problematizando otra vez la ley electoral, relativizando lo generacional como factor diferencial, criticando el abrazo coyuntural que ha enrojecido la marca Podemos y ponderando la ola de conservadurismo que puede haber levantado el Brexit–, pero lo primero es constatar lo evidente e inesperado hace sólo cinco horas –es la una y media de la madrugada, podría escribir los versos más tristes esta noche-. Al producirse la repetición electoral todos los partidos menos uno han sufrido desgaste y ese uno, desmintiendo la demoscopia y la vida paralela que campa por las redes, no sólo no ha sido perjudicado por el gatillazo de la legislatura interrumpida sino que, llegada la hora de las urnas, ha salido reforzado del colapso anterior.

La victoria del Partido Popular de Mariano Rajoy, a pesar del quiste inextirpable de la corrupción o lo repugnante de las cloacas de interior convertidas en matadero a la vista de todos los públicos, ha sido rotunda en casi toda España (y ese casi, se siente, no será, no es, asunto menor). La repetición de hoy no se había planteado como una segunda vuelta, pero no puedo dejar de interpretarla de ese modo. Porque, al fin, polarizada la cuestión (en la medida que el sorpasso siempre se dio por hecho), la disyuntiva quedó establecida entre la continuidad conocida o el cambio por conocer. Y, en un contexto general de asedio a la gris democracia parlamentaria (aunque el asedio empezase, hace demasiado, desde dentro del sistema mismo), la mayoría ha optado por conservar la situación establecida creyendo, tal vez, que era mejor apostar, otra vez, por lo seguro. Lo más seguro. Porque aún queda mucho por perder.

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