Cristina Casabón

La crisis de la identidad europea

«Cuidar de la civilización occidental requiere conectar con las distintas sensibilidades nacionales, particularismos e identidades que conforman Europa»

Opinión

La crisis de la identidad europea
Foto: Elekes Andor| Wikimedia Commons
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Columnista en The Objective, Vozpópuli y El Español

Con el romanticismo fue cuando el asunto de la identidad nacional apareció por primera vez en la escena europea, como recuerda Finkielkraut en La identidad desdichada. Hubo muchos que reivindicaron los sentimientos despertados en el pecho de un hombre por el recuerdo de su campo, de la iglesia de su aldea, aunque estos sentimientos aún no habían sido analizados ni filosofados. El profundo significado de la expresión «tierra natal» no se había medido completamente. Todavía no se había formado ninguna noción de las potencialidades dinámicas de la idea de nacionalidad. Y no por ello la reacción fue menos importante, el vigor de la reacción nacional en diferentes países se hace muy patente en la literatura de la época. Las quejas y protestas llenaron el aire.

El sentimiento nacionalista como reacción es analizado por Paul Hazard en su ensayo The Crisis of the European Mind. Europa, no obstante, fue una «unidad espiritual» que alcanza su zenit en 1914. Después de la guerra, la ilusión de esa unidad colapsa, y desde el punto de vista de la cultura, y del pensamiento, la guerra implica la gran «crisis de la civilización europea». Muchos escribieron sobre el dolor que les producía una civilización herida de muerte. Hoy, como dice Finkielkraut, «Europa ha elegido desprenderse de sí misma, abandonarse, para salir de una vez por todas de la encrucijada de su sangrante historia», que representan las guerras y el colonialismo. Se ha construido un imperativo moral, el de una Europa arrugada, presa del fantasma del nacionalismo y de su legado imperial. «Lo que hace de Europa Europa dicen hoy los portavoces vigilantes de la conciencia europeaes el desgajamiento, el desarraigo y, para terminar, que los derechos del hombre vienen a sustituir todas las místicas de la sangre y del suelo» (A. F.).

Sin embargo, cuidar de la civilización occidental requiere conectar con las distintas sensibilidades nacionales, particularismos e identidades que conforman Europa. Se hace obvia la ausencia de la política europea cuando se alude a este carácter más sublime de Europa, a las identidades nacionales. Desde Bruselas se fabrica un discurso apelando a un supuesto sujeto europeo idéntico. La «vida continental» se construye a costa de perder la interior pluralidad, que es la riqueza de Europa. Hay un tipo de ciudadano atrapado en la tiranía de la elección identitaria, ya sea porque ha caído en la trampa de los nacionalismos excluyentes o en la idea de un cosmopolitismo totalmente desenraizado y alejado de los sentimientos patrióticos. Persisten los demonios de la identidad nacional. Hoy Europa es lo contrario a una identidad cerrada y replegada sobre su herencia, rechaza parte de su cultura y el legado de una identidad conquistadora e imbuida de sus virtudes civilizadoras.

Pero también existen los demonios de lo cosmopolita. Volver a poner en valor la europeidad de Europa implica que el ciudadano europeo no sea vaciado de su propia historia nacional, su identidad, raíces o sentido de pertenencia en nombre de un club cosmopolita. Se impone una constatación, los políticos alicortos de Bruselas hoy no saben conectar con la sensibilidad, el sentimiento de arraigo, la pertenencia. Todo esto se lo han regalado a los denominados «populistas», la esencia de Europa ha quedado envuelta en un término despectivo. «Roger Scruton lo denomina oikofobia: el odio a la casa natal, y la voluntad de desembarazarse de todo el mobiliario que ha ido acumulando a lo largo de los siglos. Rechazo que no es un antojo de filósofo. La burocracia se hace eco. Los propios guardianes de la casa son oikófobos», dice Finkielkraut. 

Europa, en esta edad postidentitaria, solo sabe mostrarse con un lenguaje reglado y un exceso de protocolo. No compromete en nada a la cultura, a la tradición y al patriotismo. La política europea se ha convertido en algo deshumanizado y alejado de aquello que es móvil y está vivo, que forma parte de la cultura, la opinión y sentimiento ciudadano. En este proceso, Europa está permitiendo que las identidades nacionales se conviertan en un arma arrojadiza en manos de los partidos de derecha radical. Para vencer el fantasma del nacionalismo se requiere resistencia al nacionalismo exaltado y excluyente, y resistencia también a la creencia de que el patriotismo no debe existir. Si seguimos exhortando a las personas a trascender completamente sus lealtades y sus raíces, su cultura o su patriotismo, podemos generar un discurso enlatado, desconectado de la ciudadanía, lo cual implícitamente reconocería que la facultad exclusiva de representar y dotar de significado al concepto de Estado nación pertenece a la derecha más radical y desacomplejada, la única que ha decidido dar la batalla cultural. 

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