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La decadencia del decadente

"Las memorias de Luis Antonio de Villena constituyen un canto a la tolerancia, a la educación, a la cultura, al placer, a la belleza, a la vida libre, a la singularidad"

Foto: Creative Commons

Ha salido el tercer y último tomo (salvo que escriba más adelante un cuarto con sus años de ancianidad) de las memorias de Luis Antonio de Villena, Las caídas de Alejandría (1997-2018). Lo ha editado Pre-Textos, como los dos anteriores: El fin de los palacios de invierno (1951-1973) y Dorados días de sol y noche (1974-1996). Espléndidos títulos todos. En medio ha escrito, en consonancia, un notable y extraño poemario, Imágenes en fuga de esplendor y tristeza (Visor), y un intenso libro de duelo por la muerte de su madre, Mamá (Cabaret Voltaire). Los cinco constituyen un ciclo fulgurante.

Las memorias se leen maravillosamente: las he estado recomendando a quienes me han pedido lecturas. Constituyen un canto a la tolerancia, a la educación, a la cultura, al placer, a la belleza, a la vida libre, a la singularidad; por eso resultan hoy especialmente subversivas. Aportan un aire liberador y turbador. Son excesivas, como la vida, y algo repetitivas, también como la vida. Pero enganchan y embrujan: como sabe hacerlo la vida. Están al borde de ser obras maestras y no lo son por un cierto descuido final, un ligero desaliño en el acabado que (y esto es bonito) significa en verdad un triunfo de la vida sobre el arte. El esteticismo de Villena es eminentemente vital. Su escritura –singular y seductora– es buena y a veces muy buena, pero podría ser mejor: y eso que resta es lo que gana la vida.

En Las caídas de Alejandría el tema no deja de resultar instructivo: se trata de la decadencia del decadente. El hombre que desde su juventud jugó al decadentismo (con una pasión que en realidad era ascendente) se ve ahora en la decadencia real: la de la edad, la de los amores y amistades, la emocional, la física, la económica, la del humanismo, la del país, la de la época. En parte estamos ante uno de esos crepúsculos personales que se toman como colectivos (como decía, a propósito de Michel Houellebecq, Arcadi Espada), pero en parte es ciertamente una constatación de la decadencia del mundo (tal vez yo esté aquejado de crepúsculo también).

El propio Villena se sorprende cuando repasa versos de su juventud y comprueba la verdad que decían, aunque él entonces no sabía nada. Como: “Y si todo va mal, si al final todo es duro, / como Verlaine, saber ser el rey de un ‘palacio de invierno’”. O: “Es muy arduo vivir. / Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno”. Poses de la veintena que resultaron premonitorias: solo que cuando se proyectaban tenían encanto y cuando se viven no. Al final adviene la comprensión del tiempo, el conocimiento de su sustancia y sus devastaciones. El término de un ciclo, como lo vivió su maestro Oscar Wilde. Que perfecciona, con el dolor, el conjunto: aquilatando el placer.

Pero Villena no se rinde y en Las caídas de Alejandría están igualmente sus espléndidas experiencias americanas de los últimos años: los encuentros en Ecuador y Colombia con chicos a los que conoce por internet. Sus quejas de que estamos en una “Edad Media tecnológica” no reparan es que es también la tecnología la que lo salva. Como a todos.

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