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La demagogia de los otros

En España hay dos partidos socialdemócratas. Uno es el PP y el otro, el resto. Mientras la cosa siga así y el resto se empeñe en continuar siéndolo, hay PP para rato (con perdón), especialmente si en lugar de competir por el espacio compartido, el resto pugna entre sí por ver quién representa mejor a la socialdemocracia centrífuga. En la derecha de nuestro espectro político, aunque muchos votantes no lo sepan, no hay nadie. Esto puede ser bueno, malo o regular; no entraré a analizarlo. Me limito a constatar lo obvio: aquí está este libro nítidamente socialdemócrata de Lassalle con ese “cuanto peor para todos, mejor para mi” de la página 51, que no me parece piadoso comentar.

No tiene sentido criticar a Lassalle por usar los tópicos socialdemócratas, tratar a Rawls como el pontífice universal de la justicia; creer que la “cosmovisión ilustrada” y la idea de contrato social son el fundamento ineludible de la democracia; preferir Kelsen a Schmitt; defender la sociedad abierta (un constructo coyuntural de la guerra fría) a la sociedad cerrada y hasta a la sociedad porosa; aliñar su discurso con las manidas referencias a la “alteridad como oportunidad”… y negarle la condición de “otro” al neoconservador, al neoliberal y a ese “ciudadano blanco del Medio Oeste que vive en una caravana, cobra un subsidio y pasa horas delante del televisor con el rifle en el regazo” (p. 52). Sin embargo hay que decir algo sobre su coherencia a la hora de elegir sus referentes intelectuales.

Llevo décadas estudiando a Leo Strauss y no he reconocido su pensamiento en nada de cuanto Lassalle le hace decir. ¡No puede imaginarse cuánto le agradecería que me mostrase una sola línea de las miles escritas por Strauss en la que hable de la visión geopolítica que estas páginas le atribuyen! Pero no es esto lo que me ha llamado más la atención. Lo que me ha dejado perplejo es que rechace rotundamente a Strauss y recoja con aprecio las ideas de dos de las personas que mejor han hablado de él: su discípulo Rorty y su amigo Hans Jonas. Lassalle toma al primero como referencia para elaborar una alternativa al populismo (p. 115) y con el “principio de responsabilidad” del segundo, cierra el libro.

Comparto algunos síntomas de lo que Lassalle considera un síndrome populista y me resultan tan alarmantes como a él: el auge de la razón victimológica, del sentimentalismo, del resentimiento y de la indignación. Pero todos ellos son muy anteriores a la emergencia de lo que el mismo Lassalle considera populismo, tanto es así, que podemos encontrar sus causas remotas en esa Ilustración cuyo relato cree tan necesario reescribir como cura de las actuales calenturas democráticas. Quizás debiera tener presente que fue Diderot quien hizo de la indignación un deber republicano por razones impecablemente ilustradas. Véanse las entradas “Indignation”, “Ressentiment” y “Droit Naturel” de la Encyclopédie.

Soy consciente de que no he dicho nada sobre el populismo, pero es que, a mi humilde parecer, el populismo no es sino la demagogia de los otros, de esos ciudadanos norteamericanos, por ejemplo, escandalosamente empeñados en priorizar sus intereses a nuestros prejuicios.

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