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La democracia frágil

Al inicio de su punzante Democracy and Populism, el historiador John Lukacs acude a Tocqueville para plantear una cuestión primordial: “¿Consiste la democracia en el gobierno del pueblo, o, para ser más preciso, en el gobierno por el pueblo?” La respuesta que ofrece Lukacs vendría a ser una negación más o menos matizada: “La democracia –afirma- es el gobierno en nombre del pueblo. […]. La mayoría gobierna atemperada por las leyes y los derechos de las minorías y de los individuos. Cuando esta fuerza capaz de modular el poder de las mayorías es débil o impopular, entonces la democracia no es nada más que populismo”. La distinción tiene su importancia, al menos en el contexto intelectual del liberalismo, y plantea un debate de indudable actualidad: “¿Durante cuánto tiempo puede perdurar la democracia parlamentaria cuando ha decaído la comprensión tradicional del liberalismo?”. Esta pregunta, incisiva y perturbadora, es la que recorre de forma implícita Contra el populismo (Ed. Debate), el reciente ensayo de José María Lassalle.

 

“Se trata –escribe el político e intelectual cántabro– de reventar la arquitectura de la democracia liberal surgida del siglo XVIII.” Y es que, tras el momento populista, se oculta una versión actualizada del miedo que trasmuta al sujeto político en víctima y que niega el fundamento racional de la democracia liberal. En lugar de gobernar en nombre del pueblo, la deriva posmoderna apela al prestigio de la radicalización en su doble vertiente derechista e izquierdista. En uno y otro extremo se utilizan señuelos distintos: del miedo al rencor, del desconcierto a la indignación. Lassalle subraya con acierto que para entender nuestra época hay que acudir a Hobbes, pero no al Hobbes original, sino precisamente al metamorfoseado por Nietzsche y por su voluntad de poder. En un interesante capítulo dedicado a las consecuencias de las “Agitaciones nietzscheanas”, el autor comprueba que desde los miasmas del resentimiento “los líderes populistas asumen el papel de Savonarolas posmodernos que moralizan la vulnerabilidad de los perdedores en la crisis.” El problema, por supuesto, reside en el marco victimista de los grupos identitarios, donde la desafección se ensancha hasta límites insospechados. Si de entrada todos somos responsables de todos –y de ahí la repercusión de las leyes–, el populismo fractura la cohesión moral de las sociedades, erosionando el concepto mismo de responsabilidad. La división se establece de modo maniqueo entre pueblo y antipueblo, entre buenos y malos, convirtiendo en realidad la demonización del adversario.

 

Se diría que, para recuperar el pálpito de una democracia inclusiva, es preciso reconocer la indudable debilidad de los hombres y el papel de la Historia en la decantación de la experiencia humana. Hay algo moderno y antiguo en esta aseveración. El gran Owen Chadwick recurrió en diversas ocasiones a una conocida cita de san Agustín sobre la amistad (“Necesitas ser amigo del hombre para poder comprenderlo”) con el propósito de explicar algo que me parece fundamental: el deber de recoger de nuevo el polvo del Edén, esa arcilla bendita que se encuentra sometida –por decirlo con palabras de Erri de Luca– “a la presión del dolor”. En Contra el populismo, J. M. Lassalle recupera una idea similar al constatar que, efectivamente, “la democracia acoge una fragilidad consustancial. Esto exige que haya que cuidarla y no regenerarla. Respetarla y no divinizarla. Abrazarla en su debilidad innata para que pueda seguir su camino contra viento y marea. Esto significa asumir su falibilidad y los errores que acumula a sus espaldas como si fuesen los nódulos de una memoria o, si se prefiere, de una educación sentimental sobre la que trabajar.” No creo se pueda decir mejor, pues, en efecto, la democracia resulta por excelencia antiidolátrica. Y no admite una pleitesía mesiánica, sino algo mucho más humilde y humano: la conciencia de que sólo madura en la amistad. No en el odio ni en el resentimiento.

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