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La depravación cansa

Una foto de joven barbudo, la ventana derecha de su nariz ensortijada, el pelo sucio y fosco, la boca rebosando espumarajos. Tiene descubierto el pecho y los ojos cerrados. Está tendido en lo que parece un barreño, acaso muerto, pero tras una mejor inspección, diría que dormido. Ha sobrevivido a la última jarana.

La imagen pertenece al álbum de recuerdos de la fotógrafa australiana Rebecca Rutten. En diciembre de 2004 viajó a una isla de Nicaragua al último santuario del gozo sin freno, la moral suspendida y la vida sin vínculos. Ahora ha vuelto y lo ha compilado todo en un libro titulado Never-NeverLand. (Aquí, el tráiler). Su reportaje se inscribe en un género antiguo, cuyo primer testimonio sean quizás las cerámicas griegas que representan las fiestas de las bacantes, mujeres adoradoras de Dionisio, en interesante interacción con hombres disfrazados de sátiros.

La participación en ese tipo de celebraciones era, en la Antigüedad, un imperativo social de carácter religioso. En nuestro caso, se trata más de la expresión de una nostalgia: el retorno a un mundo más libre e intenso. En un suelto del diario de Rutten se lee “Prefiero perderme a reducirme a las reglas de los demás”. Es una historia conocida: ebriedad e intemperancia, alegría y baile, cuerpos encendidos, cuerpos tumefactos, efebos y vestales bañados por el sol y por el agua, encuentros fugaces. Y, como siempre al final de la libertad sin proyecto, el hastío.

Las imágenes me han recordado himnos celebratorios de la juventud. Jaime Gil: “¿A qué vienes ahora / juventud / encanto descarado de la vida?”. Pero también Rimbaud: “Juventud ociosa / de toda pasión esclava”. Me han hecho pensar, claro, en mi propia juventud, que di por acabada no hace mucho. ¿Fue una juventud cabal? ¿Tuvo la adecuada dosis de excitación, irresponsabilidad y desenfreno? ¿Fui, en suma, joven? Ciertamente, desde la cima de una vida higienizada, con wifi y con smartphone, las imágenes disponibles del edén nicaragüense más parecen una inédita terraza del infierno. Pero no caigamos en el fácil desdén. Porque, como esos mochileros que se pierden en sus paraísos artificiales, no pocas veces nos detenemos todos para dejarnos tentar por la sospecha moderna por excelencia: la de que nuestra vida sea, como diría Heidegger, inauténtica, dictada por un ser colectivo, impersonal y gazmoño; que estemos, en suma, perdiéndonos algo y la vida esté, como quien dice, en otra parte.

En cuanto a mí, crecí con paso más o menos apolíneo, y cuando alguna vez expresé un tibio deseo de ingresar en el séquito de Dionisio, un viejo amigo y mentor me lo sacó de la cabeza: “Desengáñate, Juan Cla, la depravación cansa”.

Para inauténtica, lector, la nostalgie de la boue.

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