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La desconocida de la foto

Foto: Cedida por Lea Vélez | The Objective

Los escritores recibimos con cierta regularidad esta pregunta: “¿Cuánto hay de realidad en lo que escribes?”. Tanto lo he analizado, desde todos los puntos de vista, que se ha convertido en mi obsesión. Ya saben, los escritores, dicen, tienen una obsesión y en realidad, todas sus novelas van del mismo asunto. La mía es esa. ¿Qué hay de verdad aquí? Pero en contra de lo que la mayoría de la gente opina, no me refiero a qué hay de verdad en mis ficciones, sino a todo lo contrario. Lo que yo me pregunto es qué hay de verdad en mi realidad.

Me gusta provocar, lo reconozco, me gusta ser poco literal cuando hablo en público o cuando educo a mis hijos o cuando respondo a un periodista. Ayer, hablando de este asunto en tertulia literaria dije lo que vengo descubriendo ya después de una vida obsesiva: que cada día estoy más convencida de que la única realidad es la muerte y de que, efectivamente, lo que todos deberíamos preguntarnos es qué hay de real en nuestras vidas, si es que hay algo. Desnudar de ficción el día a día es una tarea fascinante.

Desde que nos miramos al espejo, ese truco de magia lumínica al que estamos tan acostumbrados, la realidad nos devuelve una imagen de ficción. No somos como nos vemos mientras nos afeitamos o nos hacemos el moño. La mentira entra en nuestra mente nada más levantarnos y nuestras facciones son ficciones. ¿Por qué pensamos que todo lo demás sí es real? Las personas somos el filtro que convierte objetos en historias y hechos en narraciones lineales. Lugares, gentes, emociones entran en nuestra mente y salen de nuestra Thermomix mental editados, engarzados y sabrosos. La realidad nos da perlas, pero los hombres —unos mejor que otros— hacemos de todo collares. Las cosas no se suceden, suceden, millones al mismo tiempo, en cada ojo, en cada mente de forma distinta. Eso no es realidad, sin millones de interpretaciones, de una supuesta verdad descoyuntada, que arreglamos y vestimos de moda, que cubrimos de arte, de ilusiones heredadas y creencias y supersticiones, para que el único hecho seguro e inevitable, la muerte, sea tragable. Humanizamos el mundo e incluso a los animales, para poder entenderlos. La vida imita al arte, dice la famosa frase, que al volverse anónima se arraiga en la ficción, aunque un día, alguien, debió pronunciarla. Un alguien que debemos imaginar como nunca fue. El niño grita desde el pasillo: ¡mamá, se me ha caído el caso de agua! E inmediatamente vemos en la mente la imagen del vaso por los suelos, el charco, el vaso cayendo, sentimos la angustia del otro y todo lo hacemos con los ojos de la imaginación. No hay mayor ficción que ir de compras y adscribirle al vestido esas propiedades inconscientes que nos ha inculcado la moda, la necesidad de gustarnos, de sentirnos amadas, de abarcar la ilusión irreal de ser como una de esas modelos tan rubias y tan torneadas. Y todo va por dentro, sin que lo notemos, sin que seamos capaces de verbalizarlo. Las ficciones nos construyen y sin embargo, decimos que somos… ¿reales? La realidad es imaginación constante y es difícil para mí —me obsesiona— entender hasta qué punto los escritores incidimos en ella.

A menudo le digo a los que me rodean: “Tengo historias” y les cuento alguna. Nací para narrarlas y he llegado a la teoría de que el disfrute de contarlas hace que la realidad me las brinde en bandeja, con solo mirar, con solo esperar. Por eso, voy a poner un ejemplo y contar uno de esos capítulos de la vida que son perfectas narraciones sólo porque de algún modo misterioso, el autor coloca los espejos de la vida para que reflejen mejor.

Mi marido había muerto. Yo estaba desolada. Lloraba solo con ver una fotografía o pensar en él y me devanaba los sesos en busca de soluciones a mis dramas internos. Leía sobre el duelo, escribía sobre la tristeza, analizaba cada cambio de rumbo emocional. Un día leí en internet a un viudo que decía que cuando uno puede ver las fotografías del álbum familiar sin llorar, ya ha pasado lo peor. Así, me lancé a por la caja de las fotos especiales. Una caja de nogal en la que mi marido guardaba las fotografías de su familia que más le gustaban, y alguna otra instantánea, que por algún motivo desconocido, él había seleccionado. Allí estaban sus padres, en un baile en los cincuenta. Estaba su pequeño hermano Stephen, muerto de leucemia a los 10 años, estaban las de sus equipos de criquet, muchas de su familia, de su vida anterior a conocerme, de los amigos de la universidad, de los amigos de Brighton, su primera fotografía de bebé, de alguna ex novia adolescente y… estaba la foto de la preciosa desconocida.

La preciosa desconocida era una jovencísima muchacha morena de alegre sonrisa, ojos castaños, linda coleta. Sentí una punzada en el pecho: “¿Quién eres? Ya nadie podrá decirme cómo te llamas, por qué eres especial. ¿Cómo es que terminaste en la caja de las fotos escogidas?”. La desconocida me hizo ver la terrible realidad. No había modo alguno de comunicarme con George, de preguntarle. Se me había ido y todas las preguntas quedarían sin respuesta. Inventé mi respuesta: la desconocida era española. Al menos, a mí me parecía española. La ficción de esa sonrisa, de una forma inconsciente, le hizo a mi joven marido construirse una ficción sobre la belleza de un país y sus gentes. Pensé: “Esta sonrisa le trajo a España. Le trajo a mí”. Cerré la caja. Espanté los malos pensamientos. Seguí viviendo.

Meses más tarde, una amiga me invitó al teatro con otra mujer. Una compañera suya. Mi amiga, que es un poco desastre, no se presentó al teatro, pero sí lo hizo la otra. Al salir de la función las dos nos tomamos una copa y nos pusimos a charlar para conocernos mejor. No puedo recordar de qué hablábamos, pero en un momento dado dije:

-Porque, George…

Me detuvo sorprendida:

-¿Cómo dices que se llamaba tu marido?

-George.

-¿George qué?

-George Collinson.

La mujer me agarró la mano con fuerza. Bajó la vista, impactada y dolorida.

-¿Le conocías? -fui capaz de decir.

-Yo tenía 19 años y estaba de vacaciones en Brighton con unas amigas. Él se puso a hablar con nosotras en un bar y nos invitó a una fiesta en su casa. Allí fuimos varias veces, durante las vacaciones, y luego intercambiamos teléfonos y direcciones. Nos hicimos muy amigos y unos años después, cuando George vino a vivir a Madrid estuvo compartiendo piso con estas amigas mías y todos salíamos de vez en cuando. No sé por qué terminamos perdiendo el contacto. Es posible que tenga en casa alguna foto de aquel verano.

Cuando llegué a casa, pasé horas dando vueltas hasta quedar dormida. Por la mañana, me tomé un café en el salón. Sobre la mesa estaba la caja de las fotos especiales. Me dije: a lo mejor, ahí hay una fotografía de ese verano. Las empecé a pasar de nuevo, llorando en cada una. Lloré en la que le dedicaba a su abuela con siete años, lloré en la del pequeño Stephen muerto, lloré en la del joven George que empieza la universidad. Lloré por todos los futuros —más ficciones— que ya no tendría y de pronto llegué a una foto que había olvidado. La foto de la desconocida. Aquella mujer misteriosa sin nombre ni apellidos, a la que jamás podría encontrar. Por supuesto, el destino la puso en mi camino, porque era la mujer con la que había pasado mi velada teatral. Ella también es escritora, y esta ficción pasó de verdad.

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