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La desmesura hiperbólica

"De tanto emplear coloridas hipérboles, algunos ya están confundiendo la realidad con sus exageraciones. A izquierda y a derecha"

Foto: Pablo Blazquez | Reuters

Permítanme que cierre un tríptico que inicié hace unos meses al hablar de una retórica de campaña que se había hecho habitual en la vida política española. Poco después, quizá con cierta ingenuidad, creí que la acumulación de elecciones podía ofrecernos las condiciones de posibilidad para un momento aristotélico, dominado por la práctica de la prudencia. No ha sido así. Por mucho que seamos conscientes de que la realidad no entiende de hipérboles, revivimos constantemente el eterno retorno de lo hiperbólico, la auténtica hybris de nuestro tiempo político. A izquierda y a derecha. Es el alimento de los portavoces de los partidos, de los medios de comunicación o de los perfiles personales en las redes. Y nos vamos enfangando un poco más en una desmesura que es reactiva, incontrolable e insaciable. La hipérbole está unida a las metonimias, a las omisiones y a los anacronismos.

La realidad importa poco en este momento hiperbólico de la exageración y el grito anodino. Muchos se han convertido en aquel visitante que se acercó al zoo de su ciudad para detenerse delante de las jirafas. Después de observarlas fijamente durante minutos, se giró gritando cabreado al vigilante: “¡un animal así no puede existir!”. Y es que si las cosas no son como ellos piensan, peor para la realidad. Las hipérboles son el fundamento en esta elaboración de relatos repletos de comunas, cuentos de criadas, reconquistas, distopías y apocalipsis varios. Cuando nada de esto acontezca, no habrá tampoco consecuencias. La tentación hiperbólica siempre es, como las disonancias cognitivas, un problema de los demás.

Como nos recordaba Michael Oakeshott, “así como aquellos que persiguen el verano cálido por todo el mundo y sólo piensan que están escapando del invierno, olvidándose de que también se están perdiendo las demás estaciones, quienes abrazan un extremo en la política llegan a entender sólo una política de extremos”. En cierto modo, somos una parte considerable de las historias que nos contamos sobre nosotros mismos y sobre nuestros adversarios políticos. Las narrativas tienen su efecto, aunque solamente algunas de ellas salgan triunfantes de la contienda. Las más efectivasque no necesariamente las más recomendables- suelen ser aquellas que se plantean en un escenario de elección entre el bien y el mal dentro de una pretendida polarización socio-política. Y éste no es el mejor escenario para enriquecer la conversación pública. Porque el principal peligro al que nos enfrentamos es que, de tanto emplear coloridas hipérboles, algunos ya están confundiendo la realidad con sus exageraciones. A izquierda y a derecha.

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