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La desobediencia de los obedientes

"La 'revolución de las sonrisas' catalana es esencialmente performativa: los independentistas piensan que gritando 'somos gente de paz' no quedan dudas de que el movimiento es exclusivamente pacífico"

Foto: Lluis Gene | AFP

El concepto de desobediencia civil y resistencia a la autoridad se ha integrado tanto en el discurso político contemporáneo que no existe manera de neutralizarlo. Se ha convertido en un elemento esencial del compromiso político, pero siempre desde una perspectiva individual: por encima de las leyes y de las instituciones están las convicciones individuales, sean cuales sean. Aunque vivamos en democracia y existan leyes justas, la desobediencia tiene un aura inapelable: desde los insumisos fiscales que dicen no querer pagar impuestos porque son confiscatorios hasta los que se rebelan ante la “represión” del Estado español en Cataluña. Si el régimen al que se enfrentan es justo o no da igual: la desobediencia es un acto narcisista que siempre acaba apuntando al individuo desobediente y no a la causa que critica. 

En las protestas en Cataluña, la desobediencia es tanto civil como institucional. Como la desobediencia civil posmoderna no tiene en cuenta el contenido de su rebeldía, un representante del Estado en Cataluña (porque Cataluña es también el Estado español y Torra es uno de sus representantes) puede apoyar a los insurrectos y cortar una autopista y luego mandar a la policía a frenar a quienes realizan ese tipo de acciones

La “revolución de las sonrisas” catalana es esencialmente performativa: los independentistas piensan que gritando “somos gente de paz” no quedan dudas de que el movimiento es exclusivamente pacífico. También piensan que si muestran su cabreo de manera explícita y se enfrentan a la autoridad ganarán legitimidad. En cierto modo aciertan. Una parte de la izquierda cae en el automatismo de ponerse del lado de los rebeldes sin pensar mucho en el contenido de su rebeldía. Es una visión muy estrecha y limitada. Las rebeliones posmodernas no tienen brechas ideológicas claras: los “chalecos amarillos” protestan contra el establishment pero también son a menudo antisemitas y homófobos; los independentistas catalanes son jóvenes y hablan el lenguaje de la democracia, pero están liderados por un burgués racista. 

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