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La diferencia

Foto: Wikipedia | Wikipedia Commons

Usted puede preferir los colegios mixtos. Con quince años, mis amigos y yo los preferíamos. Ardientemente. ¡Qué bien nos lo pasábamos lamentando con un desconsuelo garcilasiano que nuestro colegio no lo fuera! Los argumentos a favor de la enseñanza mixta son muy respetables, incluyendo aquellos razonamientos adolescentes (si me perdonan el oxímoron).

Pero también cabe la posibilidad de que usted prefiera la educación diferenciada. Si ése es su caso, no tiene nada de lo que avergonzarse. La ONU, ya en 1960, dictaminó que este tipo de enseñanza no se puede considerar discriminatoria. En Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña, Suecia, Australia y Canadá, entre otros, vuelven a ella con la esperanza de que ayude a solucionar la crisis educativa. No es sólo una posición conservadora, la avalan los resultados y la nueva pedagogía feminista, que observa con preocupación como la educación mixta acaba perjudicando a las chicas.

Yo llevo años defendiéndola de todos los palos por todos los palos. Por la emoción de mis recuerdos de infancia; por la normalidad (más o menos) de mis recuerdos de adolescencia —tan graciosos—; con datos pedagógicos —tan formales—; mediante el derecho comparado; contra la antipatía de aquellos que no quieren que los demás hagan nada distinto, a diferencia de los partidarios de la diferenciada, que siempre se han mostrado a favor de la convivencia con el modelo mixto; también con mi amor por la enseñanza pública, que no sé por qué tiene que optar por un modelo y no por todos los que los padres deseen, etc.

Ahora nuestro Tribunal Constitucional acaba de avalar su constitucionalidad. Era evidente, porque si la diferenciada fuese realmente discriminatoria, el Estado tendría que haber cerrado de oficio todos los colegios privados que la ofrecen. Pero aquí se ha pretendido cerrarla por asfixia, negándole ayudas económicas. Convirtiéndola en un lujo para ricos, de modo que si, por un casual, fuese mejor, se perpetuaría indirectamente el elitismo. A ver si la discriminación no era de la diferenciada sino a la diferenciada.

Este artículo, con todo, no viene sólo a celebrar esta sentencia que amplía y ampara la libertad de todos los padres: de los que quieren la diferenciada y de los que quieren la mixta, que pueden preferir quererla activamente, rechazando la otra posibilidad real, y no preferirla sólo en el vacío de no tener otra opción. Este artículo viene a declarar que ya no defenderé a la enseñanza diferenciada con ningún argumento distinto de la real gana de los padres. Cuando no se vulnera el derecho de nadie, la libertad es un precioso punto y final.

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