Laura Fàbregas

La envidia

«No hay duda de que el paso del tiempo y el mal envejecer puede acabar con la reputación de muchos»

Opinión

La envidia
Foto: Artem Beliaikin| Unsplash
Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Tengo muchos defectos y he cometido algún que otro pecado capital, como los arrebatos de ira. La envidia, por suerte, nunca me ha carcomido el alma, aunque nada de lo humano me es ajeno -que escribió Terencio- , y si alguna vez la he sufrido me he parado a reflexionar para ver qué era lo que iba mal dentro de mí.

El libro de Marina Porras, La envidia, introduce al lector en este pecado capital. A través de algunas de las grandes voces de la literatura, la autora desgrana las implicaciones de esta transgresión que no nace de las vísceras sino del cerebro y que habita en una mala mirada hacia el otro.

Cuando se sostiene en el tiempo, añade Porras, “entonces se transforma en resentimiento, que es la suma de la envidia, el paso del tiempo y la impotencia”: “El envidioso se puede curar, pero el resentido solo puede pensar desde su infelicidad”.

No hay duda de que el paso del tiempo y el mal envejecer puede acabar con la reputación de muchos. Es más fácil ser caballeroso en la plenitud de la vida que cuando la decrepitud se asoma. En la literatura de Mercè Rodoreda este sentimiento suele retratarse en la mirada de una mujer madura que envidia la juventud, belleza y vitalidad de otra más joven.

Pero también muchos hombres están manchados por la envidia. Y el objeto de ésta puede ser incluso una mujer joven de quien aparentemente son tan distintos que parece inverosímil que afloren las comparaciones. No es la edad ni el sexo sino el valor que le dan al otro lo que determina su nivel de envidia.

Esta envidia que con el paso del tiempo deriva en resentimiento es autoexculpatoria, pero no redentora. Se preguntan por qué no son ellos quienes ocupan el lugar del envidiado y culpan al mundo de su situación sin revisar que, quizás, en su momento eligieron la comodidad o la cobardía. O simplemente la suerte les falló.

Intentar cosas y fracasar no es la excepción sino la norma en la vida de la mayoría de mortales. Todos albergamos reveses y caídas. Aceptarlas calma el corazón y vacuna contra el veneno de la envidia. Porque incluso para ser un fracasado hay que tener valor. Para ser un resentido, no.

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