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La epifanía de Santiago Abascal

"Pero el ganador ha sido Santiago Abascal. Lo tenía fácil, cierto es. Para muchos españoles, es la primera vez que ven el mensaje de Vox sin los filtros de los medios de comunicación más críticos"

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Lo más importante del debate electoral fue lo que no se dijo. Y durante más de dos horas de debate, se dijeron muchas cosas, casi todas ellas escritas en los despachos de los partidos. Sánchez se ha pasado medio debate con la cabeza baja. En parte porque se ha visto obligado a leer sus papeles, con argumentos de prestado, y en parte la bajaba cuando sus rivales le ponían en algún aprieto. No ha respondido a ninguno.

Pablo Casado le preguntó por qué, a la vista de la violencia con que los nacionalistas catalanes esperaban al Rey, no aplicaba la Ley de seguridad nacional. Y se desesperaba al comprobar que Sánchez ni se inmutaba. Luego le preguntó si renunciaba a pactar con Bildu y ERC para formar gobierno. Y le dio la callada por respuesta no una, sino dos veces. Muchas más le preguntó Pablo Iglesias si prefería pactar con él o con “la derecha”, y Sánchez no encontró la respuesta entre sus notas. Casado de nuevo le pregunta cuántas naciones tiene España, y Sánchez hoy no lo ha dicho. Albert Rivera le preguntó si dimitiría en caso de que la sentencia de los ERE de Andalucía era condenatoria. Y Sánchez no hizo ni una mueca. Tanto Rivera como Casado le hablaron, finalmente, del medio millón de andaluces que la anterior presidenta socialista andaluza sacó de las estadísticas o los 900.000 vacunados ficticios de la gripe. Y Sánchez bajaba la cabeza. 

A Pedro Sánchez le beneficia el debate porque refuerza su papel de presidente del Gobierno, pero no lo ha aprovechado del todo, porque hay cuestiones importantes de las que no tiene nada que decir. Rivera es un alumno aplicado del club de debate, y demostraba frente a la cámara que se sabe la lección. Pero su mochila con fuegos de artificio no han resultado eficaces, y no ha sabido presentarse como una alternativa ni a Sánchez ni a Casado, y puede que ni a sí mismo.

Pablo Casado ha hecho eso que le gusta decir a Pablo Iglesias: cabalgar entre la gran contradicción de presumir de la experiencia de los gobiernos populares, y desentenderse de ellos en el ámbito de la corrupción. Él también tuvo que callar cuando Rivera y Santiago Abascal le reprocharon que fueron los gobiernos de Aznar los que más poder cedieron a País Vasco y Cataluña para que lo gestionen los nacionalistas. Casado ha quedado mejor que Rivera, pero en muy pocos momentos se le ha visto cómodo. Eso sí, ha tenido el acierto de medirse todo el rato con Sánchez, para presentarse como la única alternativa. E Iglesias no ha estado brillante (menos cuando le ha hecho ver a Casado que es mejor que no hable de dinero en sobres), pero sí consistente y muy efectivo en su papel de corderito. Y le ha hablado a sus electores en todo momento.

Pero el ganador ha sido Santiago Abascal. Lo tenía fácil, cierto es. Para muchos españoles, es la primera vez que ven el mensaje de Vox sin los filtros de los medios de comunicación más críticos. Ha hablado de rebajar los impuestos, pero hacer lo mismo con los gastos; y vincula los recortes con las Autonomías, a las que ve como gastos superfluos. Y ha expuesto su mensaje de que los extranjeros, sobre todo los ilegales y los musulmanes, suponen una amenaza para los trabajadores españoles. A quien le convenzan esos mensajes, los han podido ver sin filtros de la boca del líder de Vox. Para muchos españoles, esta ha sido la epifanía de Santiago Abascal.

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