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La España interminable

Es una España entre Mocedades, Perales y Cecilia, entre los negocios de mercería y la burguesa discreción de las alcobas, una falda de tubo con estampados de nostalgia. Hablo de la España interminable de Ana Pastor, la nueva presidenta del Congreso, que no es la de Ferreras, sino la de Mariano.

En Ana Pastor se condensa todo ese discurso que muchos creyeron soterrado, un discurso que muchos subestimaron, que asumieron como derrotado. El discurso de la hegemonía de los grandes partidos, de la oligarquía de los de siempre para los de siempre. Quienes tuvieron la oportunidad de dar un vuelco a esta norma, Ciudadanos y Podemos, se tomaron el proyecto como un juego de jardín de infancia. Y así, claro, los españoles se han cansado de esta seguir esa impostura infantil, de entretenerse en las piececitas que montan el castillo de los playmobils emergentes. Resultado: ni cambio del panorama ni nada parecido. Y es que fuimos modernos por estar de moda, y así no se puede construir nada serio.

Esta España que llega se retrata como detrás del cristal de los escaparates. Con el aburrimiento de un café solitario en la tarde lluviosa. España interminable de Ana Pastor, fronteriza con la de Ángel Acebes, pura novedad. Una España tan abandonada a la desidia y a los convencionalismos que hasta los nacionalismos, rememorando épocas mejores, la han cogido por banda, y la han puesto mirando, de nuevo, para el cabecero de Cuenca. O para la punta de la cala de Cadaqués, que pilla más cerca. La moraleja del tiempo nuevo es que retrocedemos quince años. A ver quién se acuerda ahora de Pujol. O de Fernández Díaz. A ver quién se anima ahora a predicar el sísepuede de unos o las reformas moderadas de otros en esta España que retoma los orígenes, que demuestra lo que siempre ha sido pasada la tempestad de las sublevaciones y el capricho de las regeneraciones: la transgresión en las encuestas y el pudor en las urnas: una meretriz en la calle y una señora en la cama.

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