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La esperanza es un niño

Uno de mis episodios favoritos de House acaba con la mano sangrienta de un feto no nacido sobre la mano del doctor gruñón. Se llamaba “posición fetal”, decimoséptimo capítulo de la tercera temporada.

Más allá de las connotaciones médicas y morales del capítulo (sobre las que versaba, obviamente) el plano final es memorable, no puedo (ni quiero) borrarlo de la memoria: el vientre de una embarazada abierto en canal, House —cuyo único objetivo era salvar a la madre, que era la opción más lógica teniendo en cuenta pros y contras exclusivamente médicos— decide sacrificar al bebé; la madre, claro, no quiere; prefiere morir. Finalmente Cuddy toma la decisión de insistir en la cirugía: no matar el bebé, a pesar de las probabilidades.

La madre sobrevive, también el bebé. Del vientre emerge, temblorosa, la mano del no nacido (nacido, de hecho) que instintivamente agarra el dedo de House. House, paralizado. Nosotros (espectadores) paralizados —¿cómo es posible tanta belleza?. En ese momento todo cobra sentido, en ese preciso momento, lo entendemos. Todo. La vida, la muerte, las dudas, las probabilidades, la injusticia, el dolor, la religión y las fronteras. Todo se desvanece ante la belleza del niño que nace, pese a todo. Pese a todos.

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