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Pablo Iglesias

La estatua de Lenin

Todos los acontecimientos político-mediáticos necesitan de símbolos y de imágenes que den la vuelta al mundo.

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La estatua de Lenin

Todos los acontecimientos político-mediáticos necesitan de símbolos y de imágenes que den la vuelta al mundo.

Todos los acontecimientos político-mediáticos necesitan de símbolos y de imágenes que den la vuelta al mundo. Parece que el otoño “europeísta” de Ucrania será recordado por la estatua de Lenin derribada por un grupo de manifestantes. Unos dicen que le derribaron por ruso, otros que se trataba de una brigada de demolición fascista y que le derribaron por rojo.

Pobre Lenin y digo pobre, no porque derribaran su estatua, sino por acabar convertido en estatuas y en una momia a la que, por lo visto, todavía le crecen el pelo y las uñas. Ironía cruel para un genio de la política que siempre vivió con la más extrema sencillez, estudiando intensamente y haciendo política cuando hacer política suponía jugarte la libertad y la vida. Pero la historia siempre ha sido cruel con los jefes históricos del socialismo; cultos, políglotas, ilustrados, racionalistas, ateos, con una refinada sensibilidad estética, a pesar de que la mayoría vivió siempre humildemente, capaces de debatir de filosofía en varios idiomas, cosmopolitas, siempre aprovechando su paso por la cárcel para estudiar y formarse. Pero al final, el éxito político siempre debe traducirse en una historia nacional, en héroes, en mitos, en figuras a caballo, en masas necesitando sustituir un cuadro del zar por otro cuadro, en momias, en banderas y finalmente en estatuas.

Manda narices que el hombre que puso el miedo en los ojos de los ricos de todo el mundo creando un partido político mundial, se convirtiera en el símbolo de piedra de un país que se llamaba Unión Soviética pero al que muchos seguían llamando Rusia (las naciones, incluso las federaciones, se construyen con los recursos culturales disponibles, y Rusia era el recurso más fuerte, para desgracia de polacos, ucranianos y de cualquier “minoría”). Pero, por suerte, de Lenin nos queda lo importante; sus escritos, sus libros. Más les valdría leerlos a los europeístas ucranianos si quieren ganar el pulso a Putin.

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