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La fiesta

En su Tesoro de la lengua castellana (1611) dice Covarrubias que “la Iglesia Católica llama fiesta la celebridad de las pascuas y domingos y días de los santos que manda guardar, con fin que en ellos nos desocupemos de toda cosa profana y atendamos a lo que es espíritu y religión, acudiendo a los templos y lugares sagrados a oír las misas y los sermones y los oficios divinos y en algunas de ellas a recibir el Santísimo Sacramento y vacar a la oración y contemplación.”

Siempre ha habido fiestas y hasta recientemente todas han estado relacionadas con lo santo, porque santo es aquello que nos permite sacar la cabeza de la corriente de lo cotidiano y mirar boquiabiertos lo absoluto. Santo es creer realizable la vanidad de la existencia: vencer al tiempo. Por eso la fiesta de verdad siempre ha sido “de guardar”. En ella es preceptivo desocuparse de lo habitual y romo para dejarse ocupar por la epifanía de lo extraordinario. La fiesta es un vacar a lo desmedido y nada más desmedido que el objeto de la piedad (de ahí que la filosofía sea una piedad laica).

A veces en la fiesta podemos identificar el punto excéntrico de un forastero. Es fácil reconocerlo porque anda desnortado. Pero precisamente por esta razón solamente él puede comparar nuestra fiesta con la de otros pueblos. Es, por decirlo así, un antropólogo espontáneo. Ahora bien, el forastero nunca sabrá cómo nos entendemos a nosotros mismos los vacantes. La relación del forastero con la fiesta no está mediada por la fe, sino por la curiosidad.

Si festejamos es porque tenemos fe en nuestras cosas santas porque son nuestras y son nuestras porque les entregamos espontáneamente nuestra fe. Podríamos decir que llamamos fiesta a aquello que nuestras cosas santas nos ofrecen a cambio de la ofrenda de fe incondicional que depositamos en sus altares.

Ninguna tradición –y ningún régimen político- es perdurable si no es capaz de generar sus propios hechizos sobre sí misma. Ninguna tradición -y ningún régimen político- se mantiene en pie únicamente por la bondad de sus leyes. Aquellos viejos carlistas que no sabían desfilar, porque cuando lo intentaban les salía, de manera fatal, una procesión, sabían todo esto al dedillo, pero lo sabían porque lo vivían, no como nosotros, que nos hemos convertido en turistas de nuestras festejos. ¿Y qué otra cosa es el individualismo sino esto?

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