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La filosofía de la Reina de Corazones

"Esta nueva política combina el analfabetismo y la comunicación de estilo mediático con la chapa moral de una cruzada propia de la Edad Media"

Foto: Fernando Villar | EFE

Hay un fenómeno político muy específico, una faceta particular de la nueva política que cada vez es más limitante y frustrante y es su tendencia al activismo y al antiintelectualismo. Algunos políticos a menudo expresan desdén por el debate de ideas porque consideran que los problemas teóricos están muy alejados de los problemas reales de la ciudadanía; por el contrario parecen moverse bien en el terreno del activismo.

Esta nueva política combina el analfabetismo y la comunicación de estilo mediático con la chapa moral de una cruzada propia de la Edad Media. El dogmatismo, el pensamiento grupal, el sectarismo son otras de las características de un tipo de política que no se libra con argumentos, sino a base de gritos. Y es que algunos políticos-activistas parecen tomar prestada su filosofía de la Reina de Corazones de Lewis Carroll: al disidente que le corten la cabeza.

Ahora, la política se inspira en el marketing, es más fácil y más efectivo crear etiquetas identitarias o gritar eslóganes activistas. El enfoque activista moraliza y desaprovecha el peso de la batalla intelectual para lograr consensos en política y esto va a tener un efecto nocivo a largo plazo para los propios partidos y para la ciudadanía. Las cuestiones teóricas que se dejan en el tintero incluyen desde el debate de ideas, hasta la posibilidad de llegar a acuerdos y de establecer un verdadero diálogo político y ciudadano.

Un problema creado por esta inclinación antiintelecual y antiteórica es que los políticos empiezan a llenarse la boca de retórica y bravuconería, la crítica se vuelve mordaz, pero no se ofrecen ni explicaciones teóricas ni argumentos sobre temas muy complejos. La jerga activista emitida desde cuentas de Twitter oficiales de instituciones remata esta inclinación, pero además es excluyente e identitaria ya que solo el lenguaje neutro es inclusivo y aceptable para distintos públicos y sensibilidades.

Si no hay debate ni lenguaje teórico, ni se teoriza sobre ideas políticas, tampoco hay lugar ni necesidad de abrir el foco a la discusión o el debate de ideas políticas. ¿Quién necesita ideas en un debate donde lo que importa son las acusaciones y etiquetas? El castigo al disidente es el castigo al pensamiento autónomo, y conduce al pensamiento grupal y sectario. El activismo irreflexivo a menudo confunde agitar carteles y eslóganes con pensar, y confunde el pensamiento grupal con pensar.

El anti-intelectualismo activista también se manifiesta en la opinión de que el conocimiento de las cosas y sobre todas las cuestiones éticas relacionadas con la vida pública es accesible solo a través de la experiencia personal. El representante político activista trata las cuestiones de conocimiento como si fueran una cuestión de vivencia personal o experiencia propia, dando así prioridad a la identidad de una persona o al conocimiento innato.

En el campo académico, las afirmaciones se juzgan en función de sus argumentos y es ahí donde los políticos no están dando la batalla, dejando un vacío que es ocupado por el activismo. En el debate público se requiere un poco más de reflexión y un poco menos de activismo y de intercambio de impresiones contrapuestas a ritmo de vértigo. No ha terminado la última guerra identitaria de la semana y ya están enredados en la siguiente, preparando nuevos carteles y etiquetas, sermones.

No se trata de elaborar ideologías conformistas: un político debe dar la batalla pero a base de ideas, propuestas, reflexión y argumentación, no a base de mítines, propaganda y activismo. Todos los políticos activistas que sustituyen la batalla intelectual por la batalla sectaria elaboran un discurso moralizador y el argumento definitivo es aquel que consigue demonizar al disidente. Otro tema es el de la doble moral propia de este sectarismo o como dice Daniel Gascón: “Maquiavelo para los míos y Savonarola para los otros”.

No todo es una guerra del bien contra el mal. Las personas informadas a menudo no están de acuerdo sobre cuestiones éticas importantes, por eso es necesaria la diplomacia y la moderación desde el ámbito institucional. Desafortunadamente, el anti-intelectualismo y moralismo de la cultura activista se adapta tan bien a algunos votantes que no es de extrañar que haya venido para quedarse.

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