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La flema británica, Boris Johnson y un balcón

"Puede que la propaganda británica sea de autoconsumo: no quieren convencernos a los demás, sino a ellos mismos"

Foto: Rui Vieira | AP

No hay más que un enigma en la historia universal: cómo los ingleses han logrado que los tomemos por gente elegante y civilizada. Un pueblo que desayuna alubias convertido en el referente de la finura. El imperio colonial más feroz que han visto los siglos poniéndose digno. Lo que hay que ver.

Son unos magos creando espantajos. Mirad a los españoles, esos bárbaros católicos comeindios. Ay los franceses, que no saben ganar una guerra. Qué frondoso nos ha quedado el British con todo lo que hemos «rescatado». ¿No nos agradecéis lo aseadita que hemos dejado la India? La lectura que Inglaterra hace de su historia siempre es épica. ¡Propagandística! Venga películas sobre Dunkerque, toma hagiografías de Churchill. ¿Los espías del Círculo de Cambridge? El recopetín. ¿Los varoniles exploradores desperdigados por países exóticos? De lo mejorcito.

Cuando un inglés mete la pata, cosa que ocurre en contadísimas ocasiones, siempre es culpa de algún enemigo de la corona. Hace unos días una súbdita de su graciosa majestad dijo que su novio se había abierto la cabeza porque las barandillas de balcones en España son muy bajas. Lo de ir como un piojo parece que no era culpa nuestra. También dijo que claro, en Albión no gastan balcón, así que el muchacho debió de sentirse tan confuso que no tuvo más remedio que tirarse bocabajo. Con interés científico, claro.

Todavía no lo sabemos, pero en 20 años los ingleses nos contarán su epopeya para escaparse de la pérfida Unión Europea, donde sus milenarias costumbres de hacer todo para su propio beneficio se vieron ferozmente comprometidas. El último capítulo de esta gesta ha sido colocar a Boris Johnson como primer ministro, que se une a la constelación contemporánea de líderes incapaces que han llegado a donde han llegado por ser voraces hijos de ricos. Dice que se quieren ir a las bravas, que queda muy masculino, pero tiene ventajas dudosas. Esta reacción identitaria (lo mío es mejor, dame fronteras y ponme aranceles) no deja de ser sorprendente. Habrá gente (qué se yo) a quien le excite mucho pasar por una aduana. Me acuerdo de aquella viñeta sobre Theresa May disparándose en un pie y amenazando con volarse el otro. ¡Dios guarde a la reina!

Puede que la propaganda británica sea de autoconsumo: no quieren convencernos a los demás, sino a ellos mismos. Les encantaría ser esa nación de lores y duques que toma refinadamente el té de las cinco y que sonríe con altivez (nada tan elegante como una sonrisa británica). Un país con superespías con licencia para matar que desayunan potaje sin que les produzcan flatulencias. Pobres diablos.

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