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La Galicia mágica de Wenceslao Fernández Flórez

Foto: Héctor Martínez | Unsplash

La fraga de Cecebre, en la provincia de La Coruña, es una especie de paraíso mitológico lleno de árboles musgosos y tojales en penumbra, ríos furtivos, animales fantásticos y personajes extraordinarios, un bosque mágico donde la tradición, la leyenda y el misterio se unen para convertirse en puro naturalismo costumbrista. Tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra, por allí andan sueltos el raposo y el lagarto, la urraca y el caracol, la mariposa y la ardilla, Marica da Fame y Xan de Malvís, fantasmas, sátiros, bandoleros, duendes, ladrones de curas, aparecidos… Un ejército de insectos centelleando entre la maleza. Toda una fauna inverosímil pero fidedigna, cierta. La vida refulge por doquier, con tonos fosforitos; a cada paso las alimañas huyen; se escucha la voz ancestral y recóndita de la naturaleza. Entre el bestiario quimérico y la cofradía apócrifa, la parroquia de San Salvador de Cecebre, en el municipio de Cambre, conserva parte del encanto panteísta que Wenceslao Fernández Flórez supo atrapar, casi milagrosamente, a través de la escritura. Palpita en las páginas de El bosque animado un surrealismo enxebre similar al de las semblanzas de gallegos redactadas por don Álvaro Cunqueiro, el bardo mindoniense.

Hoy casi nadie recuerda a Wenceslao Fernández Flórez, condenado a la categoría de ‘escritor menor’ por su condición de humorista, pero fue uno de los autores más leídos y traducidos de su época.

Hoy casi nadie recuerda a Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), condenado a la categoría de ‘escritor menor’ por su condición de humorista, pero fue uno de los autores más leídos y traducidos de su época. Únicamente se le menciona de pasada si en televisión reponen alguna de las múltiples adaptaciones al cine de sus obras; por supuesto El bosque animado, obra maestra con guión de Rafael Azcona y dirección de José Luis Cuerda, pero también otras películas estimables como El malvado CarabelVolvoretaHuella de luzEl sistema Pelegrín o El hombre que se quería matar, protagonizada esta última por un hilarante Antonio Casal con cara permanente de susto. Él mismo firmó más de treinta guiones cinematográficos.

Fotograma de la película El bosque animado, dirigida por José Luis Cuerda y basada en la novela homónima de Wenceslao Fernández Flórez. | Foto: Classic Films Producción, S.A.

Ni siquiera el gremio de los periodistas parece acordarse del que fue, sin discusión, el mayor cronista parlamentario que ha habido en España, así como un infatigable reportero y columnista desde los diecisiete años hasta su muerte, casi octogenario. Quizá, después de Azorín, se trata de la gran institución literaria que tuvo el ABC. De su actividad parlamentaria dan buena cuenta dos tomos que con suerte pueden adquirirse en las librerías de viejo, con el título de Acotaciones de un oyente. Más fácilmente encontrables son sus dos volúmenes de artículos recopilados en la colección Austral: Impresiones de un hombre de buena fe. Sus crónicas futbolísticas, descreídas y descacharrantes, serían una estupenda lección de humildad para tantos plumillas deportivos que van por ahí dándose importancia y pontificando sus tonterías; las reunió en un delicioso librito, De portería a portería. Y sus parodias bienhumoradas de la tauromaquia resultarían más eficaces, de volver a publicarse, que todos los histerismos animalistas juntos.

Más de treinta novelas y libros de relatos, de estilo sencillo, calidad desigual y argumentos improbables, ilustran la larga trayectoria narrativa de este escritor todoterreno que gozó de una enorme popularidad sostenida en el tiempo. El humor –un humor crítico y reflexivo– fue la seña de identidad y el aliado perpetuo de Wenceslao, que proyectaba ante la sociedad cierta imagen equívoca de dandi escéptico, vividor y sibarita, a lo que contribuía su condición de solterón empedernido. Como supo ver Azorín, el de Wenceslao era un “humorismo sereno, delicado, encantador”, que en su fondo encerraba “una positiva, sólida y fecunda lección moral”. Nada de frívolo, por tanto. De hecho, como él mismo reconoce, no escribió novelas humorísticas como Las siete columnas o El secreto de Barba Azul con el propósito de hacer reír a la gente, sino para combatir ideas que le parecían equivocadas.

Wenceslao Fernández Flórez fue el mayor cronista parlamentario que ha habido en España. | Foto: Wikimedia Commons

En su excelente discurso de entrada en la Real Academia Española, titulado El humor en la literatura española, explica Wenceslao que el humor tiene que ser siempre un poco bondadoso y paternal: “Sin acritud, porque comprende. Sin crueldad, porque uno de sus componentes es la ternura. Y si no es comprensivo, no es humor”. Se sitúa así, claramente, en el bando de Cervantes frente al de Quevedo. El humor puede no ser solemne, concede Wenceslao, pero en el fondo es la cosa más seria. El humor es una posición ante la vida, y la mecha que lo enciende suele ser el descontento, el disgusto o la disconformidad ante la realidad. La gracia abrillanta las ideas, las adorna, las hace memorables y luminosas; el humor no grita ni se lamenta ni gesticula; el humor “se coge del brazo de la vida, con una sonrisa un poco melancólica, quizá porque no confía mucha en convencerla”. El humor está de vuelta de la violencia y de la tristeza; por eso es fruto de madurez y precisa de una experiencia. Además requiere de un temperamento propicio, como el que Wenceslao identifica en el carácter galaico.

Como explicó Eugenio de Nora, Wenceslao pertenecía a “ese tipo de burguesía moderna, europeizada y librepensadora, más o menos escéptica, que todavía escandaliza y casi indigna a nuestras derechas monolíticas, mientras por el contrario los sectores de izquierda lo acusan invariablemente de doblez e hipocresía”.

Liberal conservador, moderado e independiente, su pericia en la sátira social le granjeó la animadversión de los extremistas, los intolerantes y los intransigentes. Como explicó Eugenio de Nora, Wenceslao pertenecía a “ese tipo de burguesía moderna, europeizada y librepensadora, más o menos escéptica, que todavía escandaliza y casi indigna a nuestras derechas monolíticas, mientras por el contrario los sectores de izquierda lo acusan invariablemente de doblez e hipocresía”. En definitiva, su humorismo pirrónico, no exento de humanidad y lirismo, de bondad y ternura, resultaba incómodo a las mentalidades fanáticas y cerriles, tan proclives al escándalo y el anatema, tan refractarias a la risa, a la retranca, a la sana ironía.

Da tristeza que en su tierra natal gallega ya nadie lo recuerde ni lo reivindique; peor aún, muchos allí lo desprecian por ‘franquista’ (sic) y por haber escrito su obra en castellano y no en gallego. Que criticara en bastantes ocasiones los usos y costumbres de la dictadura y que fuera valedor constante de Galicia y amante de la lengua gallega parecen ser detalles sin importancia para los nuevos inquisidores; así se las gasta el caciquismo cultural nacionalista, que va dando carnets de nacionalidad –histórica o futurista– según criterios ideológicos sectarios. En el fondo no es de extrañar: desde que todavía adolescente se convirtiera en director del periódico La Defensa de Betanzos, Wenceslao destacó en su valiente lucha contra las tropelías de los caciques y los arribistas. Los rostros cambian con las épocas, pero algunos hábitos sociales permanecen inalterables. No se soporta a los hombres libres.

El otro día, mientras recorría las habitaciones de Villa Florentina, su casa en San Salvador de Cecebre con fachada de color vainilla, no podía dejar de pensar lo injusta y mezquina que es la posteridad en ciertos ámbitos con sus hijos predilectos. Lo imposible, a veces, que es ser profeta en tu tierra. En la fraga de Cecebre pasó Wenceslao todos los veranos desde 1913, y en ella se inspiró para escribir su obra maestra sobre Hermelinda, Geraldo y Fendetestas. Se podría arriesgar que El bosque animado es como el Platero y yo de Galicia.

Eduardo Sánchez Miño, Vicente Díaz González, Wenceslao Fernández Flórez, Joaquín Arias de Miranda y José Fitor Cabot (1909). | Foto: Wikimedia Commons

En Villa Florentina se conservan muebles, libros, cartas, documentos, cuadros, bustos, espejos, fotografías… En el piso de arriba, la mesa de despacho donde escribía a pluma los artículos, liaba cigarrillos con una máquina Victoria y releía a Gómez de la Serna a la luz de un flexo modernista. Lo imagino dormitando en uno de los sillones de mimbre de la galería, al atardecer, viendo cómo el sol se iba poniendo tras los bosques del contorno. El maletín de madera, con restos de pegatinas de hoteles, nos recuerda al Wenceslao más viajero y cosmopolita. El reloj parisino, la tetera, la vajilla, el aparador, el banderín del Dépor de 1948 customizado con su nombre, los pasaportes sellados, las máquinas de escribir, las cocteleras. Afuera, en el jardín, una reproducción del Maneken Pis vigila una pequeña charca con pececillos de colores, y asomándote a uno de los árboles puedes ver un nido con sus pajaritos. Cacarean excitadas las gallinas, envueltas en su eterna disputa de gallinas. Subiendo por una preciosa escalinata blanca, flanqueada por dos putti con faroles, puede adentrarse uno en un pequeño bosque con robles, pinos, eucaliptos, abedules y castaños. Una fraga legendaria en diminuto, el lugar de la creación del mundo, como una colección infinita de ánimas que cantan la sinfonía de la lluvia sobre el ramaje y modulan el rumor de un océano remoto.

Al igual que se ha recuperado en los últimos años la figura de Julio Camba, debería rescatarse del olvido a este genio del humor.

Al igual que se ha recuperado en los últimos años la figura de Julio Camba y se han reeditado con éxito sus libros de artículos, festejados por periodistas como Arcadi Espada o Manuel Jabois, debería rescatarse del olvido a este genio del humor, excelente columnista y gallego universal traducido a idiomas de todo el globo. No sé a qué esperan los editores para desempolvar su catálogo.

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